lunes, 14 de febrero de 2011

Fenómeno inmortal


Una leyenda de casi 18 años. Desde hoy tantos y tantos soñadores no tendremos más remedio que cerrar los ojos y recordar, volver a soñar con el genio de la número 9 que conquista defensas, derrota porteros y besa las redes. Ronaldo ya es inmortal, pero el fútbol está de luto.

¿Cómo transmitir en un espacio tan pequeño lo que significa, y significó, Ronaldo? ¿Cómo hacer para que en 10 años ese aroma a locura y surrealismo siga en la atmósfera, y que el inexorable paso del tiempo no nos robe de nuestras memorias los momentos de magia que él no regaló?

Ronaldo apareció como una sonrisa, tan espontáneo como sólo él podía serlo, en un fútbol dominado por la poesía profunda y selvática de Romário, brasilero, y la elegante y fina prosa, poética, pero prosa al fin y al cabo, de Roberto Baggio, italiano. Su carrera meteorica le dio réditos de inmediato y sus 44 goles en 44 partidos con el Cruzeiro, más exhibiciones en la Libertadores, como aquella ante el Boca Juniors, avalaban su calidad. Infantil, inmaduro, salvaje. Era un niño con físico de super atleta y un talento descomunal. Y era algo nunca antes visto, rebelde y desenfrenado, eléctrico y destructivo. 

El niño de 17 años no tardó en pisar el mundo de los más grandes. Fue llevado por Carlos Alberto Parreira a la cita mundialista del 94', casi como un acto de soberbia de Brasil, que le mostraba la nueva joya al mundo, mientras el ya veterano Romário ganaba el mundial. Llegó a Europa, al PSV, como Romário y, aún adolescente, dominó el campeonato, yéndose casi a gol por partido, y demostrado como su inocente talento era superior, incluso, ante el más ávido carácter competitivo de sus rivales. Era capaz de ponerse en situaciones de desventaja, de las que un mortal no podría salir victorioso, y librarse de ellas dejando a tres, cuatro o cinco defensas en el suelo. Sólo un sublime Ajax le quitó el que su dominio se viese reflejado en su palmáres. 

Aunque efímera, su estancia en el Barcelona significó un antes y un después, no sólo en la carrera de Ronaldo, sino en una generación entera, a la que orgullosamente pertenezco. En Barcelona se mostró como el jugador más decisivo del planeta, y además sumó pluses a su juego. Ya no era sólo el Ronaldo de los sueños, que arrancaba desde el centro del campo, con una fuerza incontrolable, y dejaba rivales, túneles y caderas rotas por el camino hasta el gol de antología, sino que ya era un peligro desde su desmarque bullicioso y notorio, del todo o nada. Y además, en aquel equipo, tenía a De La Peña, uno de esos seres capaces de ver espacios entre la jungla de piernas que nadie más ve. El fervor adolescente de Ronaldo contrastaba con el canoso pelo de Robson, quién, seguramente, fue el que más disfrutó de todos aquel año de Ronaldo, llevándose las manos a la cabeza una y otra vez ante cada gesto, cada gol, cada túnel y cada bicicleta del fenómeno.

Y llegó, entonces, el Inter de Milán. Y con él llegaron los premios, la explosión y el merecidísimo título de mejor jugador del mundo. Ronaldo, en el difícil fútbol italiano de finales de los 90, enmarcó su talento como el 9 más devastador que ha existido. Sumó matices a su fútbol, lo hizo rico en detalles, aprendió a crear líneas de pase hacía él, le dio continuidad a sus desmarques de apoyo y, por tanto, a su fútbol asociativo, absorbía posesión, le dio sentido a su pausa, aprendió a caer a banda y aparecer en zonas muertas para recepcionar con ventaja, aprendió a dar profundidad y amplitud a la vez, a jugar de espaldas, comenzó a abarcar mucho más campo y se le veía incluso pasar su propia mitad y asociarse. Sus desmarques se volvieron más ricos, y siguieron siendo igual de bestiales que siempre (¡Ah! Quién no recuerda aquel gol a la Roma a pase de Baggio). Era el mejor definidor del mundo, quizá de la historia, invencible en el uno vs uno, y el uno vs dos, tres, cuatro, cinco, seis o siete. Era un jugador conceptualmente grande, era el partido, mejoraba a sus compañeros y se mejoraba el mismo. Y todo arropado desde su talento único. Su capacidad para hacer giros irreales, para acelerar en segundos, desacelerar, pausarse, frenar, arrancar, amagar, pisar el balón, cambiar de dirección, y, en resumen, de dibujar jugadas en su mente imposibles, y luego hacerlas con una facilidad pasmosa. Ronaldo era el jugador que todos queríamos ser, y el amaba lo que hacía. Era el ídolo del mundo, la fuente de luz más brillante en el universo futbolístico y era el futbolista más grande de la década.

Sin embargo, también hubo reveses. Perdió la final del 98' tras tener ataques epilépticos apenas horas antes de la gran final, y después llegaron las lesiones de rodillas que nos arrebataron a Ronaldo, quitándonos más de dos años de su fútbol y sus goles, dándole tiempo a Rivaldo y Figo de creerse los mejores del mundo, y a Zidane de ocupar su lugar como ícono y como mejor jugador del mundo, haciendo especial mención a su Eurocopa 2000'. 

En 2002, como muestra eterna del amor que profesaba al juego, como las lágrimas derramadas hoy en su adiós, volvió recuperado y espantó con ocho goles y la Copa del Mundo, todos los fantasmas de los últimos años. Tenía 26 años y todavía nos quedaba mucho, muchísimo Ronaldo por ver, disfrutar y aplaudir.

Fichó por el Real Madrid después de que Figo y Zidane lo hicieran. Llegó después de la final de Glasgow y, aún así, su fichaje causó ilusión por doquier. El recuerdo de sus goles hacía seis años aún estaba fresco en la memoria. Pero no era el mismo. Las dos lesiones habían terminado con el Ronaldo de los giros fantasioso, los cambios de dirección extraordinarios y, en general, con el Ronaldo que se disfrazaba cada fin de semana del futbolista que emana de nuestros sueños. Seguía siendo "la manada" que Valdano había descrito años antes, seguía siendo igual de rápido e incluso más potente. Era igual de letal de cara al gol y, como compensación por no poder ya reescribir la historia de la anatomía humana en cada acción, adquirió un dominio aún mayor del fútbol, comenzando por un juego de espaldas de la más alta élite de delanteros centro, mejoró, todavía más, sus desmarques y pasó a ser más participativo en la asociación. Ya no era el mejor del mundo, de hecho no era el jugador contextual de su equipo, pero siguió forjando su leyenda como mejor delantero centro de la historia.

Tras su paso por el Real Madrid, su cuerpo comenzó a perder la alegría juvenil y a ganarle la guerra que culminó ayer cuando decidió que "dibujaba jugadas en su mente, pero su cuerpo ya no lo dejaba hacerlas". Fichó por el Milan, ilusionó y nos hizo emocionar a muchos con sus goles de rossonero, pero el trágico destino volvió y las lesiones reaparecieron. Otro año más sin su magia en los terrenos.

La última aventura fue en Brasil, su país, y con ganas implacables de ganar la Libertadores, su Libertadores como dejó inferir en la rueda de prensa. Mientras algunos se mofaban, la mayoría éramos un sólo corazón con Ronaldo, emocionándonos con sus goles y los títulos ganados, y llorando amargamente cuando la Libertadores dijo no, y cuando fue el mismo Ronaldo el que dijo no.

Se nos fue el jugador de una generación, el más cercano a todos, porque todos soñabamos con ser él. El fenómeno inmortal que dejó pedazos de vida en tantos campos, y dejó tantas memorias y sonrisas por ahí. Desde ahora nos toca cerrar los ojos cada día y recordar, por ejemplo, aquel gol en que deja sentado al portero sin tocar la pelota, o todos aquellos en los que los dejó atrás a todos, o los 15 goles que lo proclaman máximo goleador en los mundiales, y, ¿Por qué no?, recordar sus túneles, pisadas, bicicletas, tijeretas, taconazos, paredes y, en fin, toda esa amalgama de jugadas que sólo él y nadie más volverá a repetir.

Gracias por todo, fenómeno.

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