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jueves, 8 de marzo de 2012

Hipnotismo mágico o un amor con sabor a fútbol

Artículo que será publicado como parte de la 'Guía Libertadores 2012' de la web masliga.com


Dos clubes y casi cinco años después de su debut en el glorioso fútbol colombiano de la década de los 80’s, debutó para el equipo nacional como parte del último intento de Gabriel Ochoa Uribe para obtener el pase al Mundial de México 86’. Tenía veinticuatro años y era un ignoto para el universo futbolístico, más allá de su exitoso 1985 con el Deportivo Cali, en el que formó una sociedad que marcaría una época en el fútbol patrio al lado de Bernardo Redín. Sólo era el comienzo de la historia de amor entre la pelota y Carlos Valderrama, ‘El Pibe’.

Los dos años siguientes fueron los de la consagración internacional. Jugó sus dos primeras Copa Libertadores, las cuáles hoy debe mirar de reojo, quizá con recelo y frustración. Eliminado ambas veces por el América de Cali, subcampeón sempiterno del torneo,  Valderrama no logró asomar su talento en las fases finales hasta dentro varios años más. Su revancha tendría lugar en suelo argentino, la Copa América de ese año fue su trampolín al estrellato.

Cuatro exhibiciones de su talento multi-dimensional bastaron para que el futbolista que no parecía futbolista, con sus desaliñados rizos de oro, su carismático bigote, medias caídas y camiseta por fuera, fuese coronado unánimemente como Rey de América, en época de Maradona y Francescoli.

Bolivia, Paraguay, Chile y Argentina fueron testigos de la lentitud más veloz del universo. Tras su partido ante los entonces campeones del mundo, la prensa argentina se desató en elogios hacia el ‘10’ rubio: En el Monumental había magia. Fútbol pintado de casaca amarilla y densa melena rubia. Flaquito, medias caídas, algo chueco, brazos sueltos, pinta extraña, brillante con la pelota en los pies, espléndida su muestra futbolística. Carlos Valderrama, sabe lo que debe saber un número 10 y escribe la historia de un primer tiempo lleno de toques, tacos, gambetas y pelotazos, con toda la precisión”.

Y se quedaron cortos.

El fútbol de Valderrama fue tan hipnótico como brillante. Único e indescifrable, con su andar lento, desacelerado, pero de velocidad relampagueante. Valderrama con pelota era perfecto. Y entiéndase la afirmación. El desplazamiento en conducción del ‘samario’ era, en el mejor de los casos, poco veloz y determinante. Eso reducía su fútbol a uno mucho más homogéneo que el de otros ilustres enganches de escuela sudamericana, como Bochini, primero, o Riquelme inmediatamente después, sin contar a su contemporáneo Diego Armando Maradona. Con esas limitaciones físicas de base, todo lo que hacía ‘El Pibe’ era necesario y con sentido, e incluso devastador para el contrario.

El balón llegaba a él, y todo el escenario se disponía a cambiar. La capacidad asociativa de Valderrama respondió a la más pura élite histórica de este deporte, tanto por su calidad técnica y dominio del golpeo, con registros, distancias aparte, maradonianos, como por su mente maravillosa capaz de encontrar a sus compañeros a lo largo y ancho del terreno de juego. Es posible que durante muchos años, Maradona aparte, la maestría de Valderrama como cerebro y para encontrar espacios y huecos en las defensas rivales sólo encontrase rival en muy pocos jugadores, y no hubiese sido una locura decir que era el mejor en el arte.



Valderrama sobre el campo era líder futbolístico y emocional. Juntaba a sus compañeros entorno a él, emperador mundial de la pared como recurso para avanzar jugando. Cabeza fría y pies de hielo en los momentos en que el corazón tiende acelerarse y perder claridad, corazón guerrero para correr y ayudar en labores defensivas. El fútbol del ‘10’ desbordaba al rival, que nunca podían seguir su ritmo, sus pulsaciones ni sus decisiones. Recibía el balón y él, amo del tiempo, el engaño y la pausa, espera, giraba, pisaba la pelota y, como bailarín profesional, amagaba una y otra vez, pasaba su derecha alrededor del esférico, hasta que finalmente, casi de forma caprichosa, ya había reunido rivales suficientes cerca de él, para que los espacios en otro lado fueran mortíferos. Pasaba la pelota al delantero, al extremo, al mediocampista de al lado. El rival desorganizado, y el equipo de Valderrama con un evidente dominio posicional. Todo en una baldosa de pocos metros.

Y eso era el Valderrama con pelota. Mente sibilina de altivo proceder y místico accionar. Arte en slow motion, mas de rapidez altanera e inalcanzable. Bellísimo y conmovedor. El mundo se detenía cuando el cuero del balón chocaba con el cuero de sus eternas botas negras.

La antesala a todo la magia que acontecía cuando Valderrama, general rockero, avanzaba con su ubicuidad característica, pasó mucho más desapercibida. Su fútbol sin pelota sí era heterogéneo, pues hacía de todo para recibir la pelota. Valderrama fue también maestro en descansar sobre las zonas débiles de la transición defensiva de los equipos que enfrentaba, y por eso siempre reclamó mucho espacio. Ver a Valderrama era un ejercicio divertido ya que, además de lo que generaba con el balón, nunca podías advertir cual era la zona del campo en la que se movía. Lo veías recibir por dentro, bien en la frontal, en el círculo central o al lado del mediocentro. Por fuera, casi a cualquier altura y en cualquiera de las orillas. Con movimientos horizontales, tanto acercándose como alejándose del poseedor, o bien con movimientos diagonales por delante de la línea del balón. Valderrama siempre encontraba un lugar para recepcionar dentro de un contexto que le permitiera moverse con facilidad, incluso muy cerca del área.


Y, aunque obviamente no era un prodigio físico, tenía movimientos absolutamente inimaginables tras el primer contacto visual. Giro rapidísimos para recibir de cara o librarse de la marca, pisadas que evidenciaban un agilidad sorprendente  o bien movimientos de cadera para romper que parecían más propios de un extremo que del colombiano. Sí, todo eso en una baldosa, con pasos cortos que cubrían poco espacio. También es destacable su calidad como equilibrista, resistiendo embestidas, pero nunca perdiendo el balance ni el balón, incluso en el Mundial de Francia 98’ con casi 37 años. 

Hasta ahí el fútbol de ‘El Pibe’. Dominante y desbordante como pocos, tal y como puede atestiguar la selección inglesa de Bobby Robson, que lo sufrió en 1988, en un partido histórico y bellísimo. A Valderrama le faltó determinación más allá de su último pase. Su fobia al área, que un día Segurola describió con excelsitud, su pobre registro goleador y la lesiva falta de velocidad y aceleración en su conducción le privaron de ser un futbolista de mayor impacto en el fútbol mundial. Valderrama fue un ejército de espadachines, el más diestro quizá, en un mundo de tanques, cañones y bombas atómicas.

Su historia a nivel de selecciones es más que conocida, y su paso por el fútbol europeo, en el Montpellier y en el Vallalodid, se corresponde más con un futbolista de culto que con el de un futbolista ganador. Sin embargo, con el regreso al fútbol colombiano obtendría la redención.

Tras un breve capítulo con el Medellín, Valderrama se incorporó a la plantilla del Junior de Barranquilla. Ahí vivió tres años dorados, en los que volvió a ser Rey de América, ganó sus dos únicas ligas y rozó la gloria en la Libertadores 1994. Lideró a su equipo en el torneo hasta las semifinales, las cuáles perdieron por penaltis ante el posterior campeón Vélez Sarsfield. Estuvo a casi nada de grabar su nombre en los anales de la Copa, pero sus brillantes actuaciones se grabaron en la memoria.

“Jugar para ser recordados”, dijo un ya muerto genio brasileño.

jueves, 17 de marzo de 2011

Santos sin dirección


El fútbol es de los futbolistas, eso está claro; sin embargo, en Brasil se ha tomado esta sentencia hasta el extremo, y los clubes de ese país han entrado en una vorágine autodestructiva en la que niegan, sistemáticamente, la vital importancia que tienen los entrenadores en la gestión de un equipo de fútbol. El  Santos FC, que, por momentos, fue el mejor equipo de Sudamérica durante la temporada pasada, es el ejemplo paradigmático de lo dañino que es ésta situación.

A pesar de un 2009 bastante decente, y que significó la explosión de Neymar y Ganso, Luxemburgo, uno de los grandes entrenadores brasileños de los últimos 20 años, fue relegado del cargo, y asumió Dorival Junior, quien, con la incorporación de Robinho al equipo, llevó a Santos a un nivel superlativo durante la primera mitad del año. Las partidas de André y Robinho, más la inoportuna lesión de Ganso, dejaron a Neymar como único faro del equipo, pero tras el sonado incidente, que condujo a Dorival a vetar a Neymar del equipo, la directiva santista decidió relegar al entrenador del cargo, en pro de que Neymar volviese a jugar. Adilson Batista fue contratado en su lugar y 11 partidos después salió del club por diferencias con la afición: La inestabilidad como bandera.

Hoy del Santos que maravilló, asombró y nos mostró lo mejor de las dos joyas de la corona, Neymar y Ganso, no queda nada. El equipo, que se perfilaba como uno de los principales candidatos de la siempre difícil Copa Libertadores, está a punto de ser eliminado en la fase de grupos. La inestabilidad en el banquillo y el desprecio hacia sus ocupantes ha pasado factura, y los muy buenos jugadores del equipo no encuentran un respaldo colectivo que los ayude a sacar lo mejor de sí, y compiten gracias a la calidad diferencial de Neymar.

La joven estrella es quien más está sufriendo. Sin nadie que dirija su crecimiento, y lo ayude a adecuar su fútbol a lo que cada partido requiere, Neymar no es más que un futbolista de unas condiciones impresionantes, que genera ventajas que el colectivo no aprovecha, y que te puede decidir cualquier partido, a pesar de que, por momentos, su fútbol llegue a resultar dañino. Sin un entrenador detrás, todo lo que genera Neymar, logrando que el sistema defensivo rival ponga tanta atención en él que libera muchos espacios, el Santos no toma ventaja de ello y, por consiguiente, nunca domina a su rival. Tienen la pelota, pero la transición defensiva es nula, la ofensiva es pésima y en juego posicional está limitado a una genialidad técnica de su estrella. Y eso resulta extremadamente fácil de vencer. Y así ha sido en la presente Libertadores.

Con el regreso de Ganso el equipo gana muchísimo, pues se trata de un futbolista enorme, con muchísimo fútbol y que, todavía sin ritmo, es capaz de generar contextos muy favorables desde su pausa,  una toma de decisiones acertadísima, una capacidad técnica para jugar sin espacios asombrosa, además de la amenaza constante que supone su sentido del pase. Santos suma un nuevo foco de fútbol y de atención a su fase ofensiva, y eso fue lo que les permitió hilvanar varios minutos de dominio frente al Colo-Colo, pero que se acabaron diluyendo ante la debilidad de sus transiciones y lo pobre de su fase defensiva.

El 3-2 final fue un premio excesivo para un equipo que dio la impresión de que cada pérdida podía significar un gol, y que sólo cuando Neymar y Ganso combinaban podían marcar, como acaeció en el segundo gol. La insultante superioridad de ambos jugadores sirvió como único argumento, y ese único argumento pudo resultar, incluso, en goleada del Peixe. Estamos en presencia de dos genios. 



jueves, 19 de agosto de 2010

El Alfa, el omega y la poesía




Ayer no fue un día cualquiera.  El 18 de agosto de 2010 fue el día en que el alfa, el omega y la poesía confluyeron para que nosotros, todos los amantes del balón, disfrutáramos de la belleza del fútbol.  Fue un día mágico.

Primero fue el alfa. A primeras horas de la tarde sudamericana, sintonicé, sintonizamos muchos en un acto unísono de pasión, la TV para escuchar el bellísimo himno de la Uefa Champions League retumbar, no sólo en nuestros oídos, sino también en nuestros corazones ávidos de gloria. Sin importar que partidos nos preparásemos para ver, lo verdaderamente importante ya había pasado: Había dado inicio la Champions League.

Personalmente, poco me importaban los destinos del Sevilla o el Anderlecht. No. Yo estaba allí esperando con ansía, como niño pequeño, y Twitter es testigo de ello, la vuelta de Antonio Cassano a la máxima competición europea. Antonio, ese poeta maldito que llenó de inmensidad los campos de toda Italia, además de formar una inmortal sociedad con Francesco Totti y cuyo último gol en Champions League, con la narración italiana de fondo que embellece más el gol, es sencillamente mágico, regresaba a la élite y, aunque su equipo decepcionó, Antonio sabe que todo está en sus pies para la vuelta. Sólo el embrujo de sus botas puede cambiar el rumbo de “La Samp”.

Y luego llegó el omega. La final de la Libertadores, que ha vuelto, poco a poco, a su nivel, tras un par de temporadas bochornosas, significó el fin de unos siete meses de puro fútbol, sueños y goles. Se enfrentaban el Inter de Porto Alegre contra las Chivas de Guadalajara con un Beíra Río enmudecedor de fondo, y con cosas que sólo pasan bajo la mística del torneo: Himnos cortados, rebeldes que se escapan del himno rival y prefieren calentar, sangre en el campo y gorros de baño Speedo como solución al problema, tangana al final, perdedores que en un principio se niegan a subir y recibir la medalla, y mil fotografías más que llenan de leyenda cada edición de la copa. Inter fue campeón, pero la cúspide de la noche fue el tercer gol.

En Inter juega Giuliano Victor Da Paula, un duendecillo brasilero que parece sacado de un cuento de hadas con la misión de enjoyar el terreno de juego. Movimientos de bailarín combinados con una ejecución purista del fútbol. Giualiano está envuelto por un halo mágico, el halo de los grandes. A falta de un minuto recibió el balón casi en la frontal, levantó la cabeza y dibujó una jugada monumental. Avanzó con ese ritmo infernalmente lento, yendo de muy lento a lento, sobrepasó a dos jugadores con su gambeta, y antes de la llegada del tercer defensor y del portero, le dio un toquecito al balón, levantándola sutilmente, casi como si estuviera pasando el balón a la red, para marcar uno de los goles más bonitos que recuerde en una final. Poesía.