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martes, 28 de agosto de 2012
El pequeño Ronaldo
Tampoco hay que engañarnos. Ronaldo, el fenómeno, es único. Era un elegido del fútbol, sin más. Muriel no es eso, ni lo será nunca porque le hace falta talento, le hace técnica y le hace falta la anatomía ultrahumana del brasileño; Sin embargo, no hay jugador al que se le parezca más, ni delantero actual que más parecido sea a Ronaldo.
Muriel es el pequeño Ronaldo cuando cae a banda, recibe de cara y mide el regate dando pequeños pasos sobre el mismo lugar, como felino esperando el momento justo para atacar a su presa. Lo es cuando se desmarca en una ruptura de aspavientos y gritos ahogados, de todo o nada, de gol o error. También lo es cuando se frena y gira, cuando desacelera para cambiar de dirección y dejar defensas tirados, como en aquel gol a Francia, o cuando hace bicicletas y elásticas ya sea en velocidad o en estático. Su lenguaje corporal recuerda al que seguro es su ídolo, pues el delantero del Udinese hace parte de esa generación que vivió a Ronaldo desde la ingenuidad de la infancia, y su fisionomía también. Se parece a Ronaldo hasta cuando sonríe, aunque no tiene el carisma de el mejor '9' de la historia.
'Ronaldito' tiene gol. Tiene esa magia en el área, dónde se transforma y se convierte en un ser imaginativo, genial y certero, que distingue desde la distancia al brasileño. Luis Fernando aún no tiene la constancia del crack, vive de la inspiración, aunque cada día suma más matices a su fútbol. Tiene 21 años solamente, una bendición: El mundo del fútbol necesita a Ronaldo, aunque sea en imitaciones.
viernes, 30 de marzo de 2012
Hace 10 años
Ayer jugó Raúl un partido emocionante que nos llevó al pasado. Como homenaje, saqué de la videoteca un partido al azar de su época dorada y me dispuse a escribir sobre él. Real Madrid, Bayern, Copa de Europa, Raúl, Fútbol. Con él no había trucos, sólo efectos sublimes, diría Giraudoux.
Llueve. El rumor bullicioso del Bernabéu colma el ambiente, es noche de Copa de Europa y se siente en las voces, en los silencios, en los ruidos, en las pieles. Se siente en el césped, en las líneas de cal y en las porterías. Es noche de Copa de Europa y el Madrid está perdiendo la eliminatoria. Son los minutos previos a una noche épica, una más en ese panteón de héroes.
Balón estrellado en movimiento, y el murmullo aumenta. Todos hablan, nerviosos, y de fondo, los ultras se hacen escuchar con un ¡Hala Madrid! Que otros pocos acompañan. El rival es el Bayern Munich, una jauría bárbara que corre, pega, grita y pelea sin descanso. Cierro los ojos un momento y entonces soy Zidane, soy Figo, soy Hierro y soy Solari. Oteo el horizonte y no veo nada más que rojo sangre por todos lados. Tengo miedo. Son sólo once, pero parecen el doble, mimetizados en ese cardumen carmesí. De repente, un fulgor blanco aparece en mi retina y sé que es él. El temor se ha ido y le lanzo convencido la pelota, el cardumen carmesí es ahora un rebaño asustado ante la presencia de un depredador y se dispersa dejando entrever el blanco. Jugamos.
Cierro los ojos nuevamente y ahora soy Kovač, soy Linke, soy Kuffour, soy Lizarazu. Vista concentrada en el balón mientras de reojo lo miro, está a mi lado. Ellos tienen el balón, pero dudan… Tienen miedo. Vamos ganando y no encuentran espacios entre tanto rojo. Pestañeo, de reojo vuelvo a buscarlo y ya no está. Se ha ido y no lo encuentro, giro la cabeza frenéticamente y ya lo veo, pero está muy lejos y no lo alcanzo. Ya el balón está muy cerca, tengo miedo y sé que el resto también. Es sólo uno, pero parece siete, moviéndose sin parar de un lado a otro, recibiendo siempre la pelota. Juega.
Abro los ojos y veo la escena repetirse infinitamente. El Madrid no encuentra espacios, no transita hasta que aparece Raúl, centelleante, y señala el camino. No se detiene nunca porque el fútbol mismo no lo hace. Está aquí y está allá, en la izquierda y en la derecha, arriba o abajo. Se mueve y ya el Madrid encontró espacios; Recibe, descarga y ya el Madrid transitó. La jauría gira en su busca, desorganizada y en pánico pues el gol aguarda como león cazando.
La arena del reloj cae y no puedo evitar emocionarme. El Madrid tiene la pelota, pero sólo llega al balcón del área cuando encuentra a Raúl, que se mueve, juega, como un relámpago por todo el frente de ataque, activando espacios con cada desmarque y cada acción. El siete domina el encuentro y apabulla al Bayern que no logra anticiparle nunca… ¡y cómo podrían si ese fútbol responde a una sensibilidad irracional hacia el juego mismo que ninguno de ellos tenía!
Aferrados a él, el Madrid, en un monólogo sin interrupciones, consiguió finalmente el gol del éxtasis en el minuto 70 ante la impotencia bávara, que ya peleaba más que jugaba, y corría sin fe ante los movimientos de pluma de el jugador más decisivo del torneo. El partido terminaría 2-0, con asistencia de Raúl para el gol de Guti sobre el epílogo del segundo tiempo.
Fue una lección de fútbol, preludio de una más grande en la final, como la que daría 10 años después vestido de azul y blanco.
jueves, 8 de marzo de 2012
Hipnotismo mágico o un amor con sabor a fútbol
Artículo que será publicado como parte de la 'Guía Libertadores 2012' de la web masliga.com
Dos clubes y casi cinco años después de su debut en el glorioso fútbol colombiano de la década de los 80’s, debutó para el equipo nacional como parte del último intento de Gabriel Ochoa Uribe para obtener el pase al Mundial de México 86’. Tenía veinticuatro años y era un ignoto para el universo futbolístico, más allá de su exitoso 1985 con el Deportivo Cali, en el que formó una sociedad que marcaría una época en el fútbol patrio al lado de Bernardo Redín. Sólo era el comienzo de la historia de amor entre la pelota y Carlos Valderrama, ‘El Pibe’.
Los dos años siguientes fueron los de la consagración internacional. Jugó sus dos primeras Copa Libertadores, las cuáles hoy debe mirar de reojo, quizá con recelo y frustración. Eliminado ambas veces por el América de Cali, subcampeón sempiterno del torneo, Valderrama no logró asomar su talento en las fases finales hasta dentro varios años más. Su revancha tendría lugar en suelo argentino, la Copa América de ese año fue su trampolín al estrellato.
Cuatro exhibiciones de su talento multi-dimensional bastaron para que el futbolista que no parecía futbolista, con sus desaliñados rizos de oro, su carismático bigote, medias caídas y camiseta por fuera, fuese coronado unánimemente como Rey de América, en época de Maradona y Francescoli.
Bolivia, Paraguay, Chile y Argentina fueron testigos de la lentitud más veloz del universo. Tras su partido ante los entonces campeones del mundo, la prensa argentina se desató en elogios hacia el ‘10’ rubio: “En el Monumental había magia. Fútbol pintado de casaca amarilla y densa melena rubia. Flaquito, medias caídas, algo chueco, brazos sueltos, pinta extraña, brillante con la pelota en los pies, espléndida su muestra futbolística. Carlos Valderrama, sabe lo que debe saber un número 10 y escribe la historia de un primer tiempo lleno de toques, tacos, gambetas y pelotazos, con toda la precisión”.
Y se quedaron cortos.
El fútbol de Valderrama fue tan hipnótico como brillante. Único e indescifrable, con su andar lento, desacelerado, pero de velocidad relampagueante. Valderrama con pelota era perfecto. Y entiéndase la afirmación. El desplazamiento en conducción del ‘samario’ era, en el mejor de los casos, poco veloz y determinante. Eso reducía su fútbol a uno mucho más homogéneo que el de otros ilustres enganches de escuela sudamericana, como Bochini, primero, o Riquelme inmediatamente después, sin contar a su contemporáneo Diego Armando Maradona. Con esas limitaciones físicas de base, todo lo que hacía ‘El Pibe’ era necesario y con sentido, e incluso devastador para el contrario.
El balón llegaba a él, y todo el escenario se disponía a cambiar. La capacidad asociativa de Valderrama respondió a la más pura élite histórica de este deporte, tanto por su calidad técnica y dominio del golpeo, con registros, distancias aparte, maradonianos, como por su mente maravillosa capaz de encontrar a sus compañeros a lo largo y ancho del terreno de juego. Es posible que durante muchos años, Maradona aparte, la maestría de Valderrama como cerebro y para encontrar espacios y huecos en las defensas rivales sólo encontrase rival en muy pocos jugadores, y no hubiese sido una locura decir que era el mejor en el arte.
Valderrama sobre el campo era líder futbolístico y emocional. Juntaba a sus compañeros entorno a él, emperador mundial de la pared como recurso para avanzar jugando. Cabeza fría y pies de hielo en los momentos en que el corazón tiende acelerarse y perder claridad, corazón guerrero para correr y ayudar en labores defensivas. El fútbol del ‘10’ desbordaba al rival, que nunca podían seguir su ritmo, sus pulsaciones ni sus decisiones. Recibía el balón y él, amo del tiempo, el engaño y la pausa, espera, giraba, pisaba la pelota y, como bailarín profesional, amagaba una y otra vez, pasaba su derecha alrededor del esférico, hasta que finalmente, casi de forma caprichosa, ya había reunido rivales suficientes cerca de él, para que los espacios en otro lado fueran mortíferos. Pasaba la pelota al delantero, al extremo, al mediocampista de al lado. El rival desorganizado, y el equipo de Valderrama con un evidente dominio posicional. Todo en una baldosa de pocos metros.
Y eso era el Valderrama con pelota. Mente sibilina de altivo proceder y místico accionar. Arte en slow motion, mas de rapidez altanera e inalcanzable. Bellísimo y conmovedor. El mundo se detenía cuando el cuero del balón chocaba con el cuero de sus eternas botas negras.
La antesala a todo la magia que acontecía cuando Valderrama, general rockero, avanzaba con su ubicuidad característica, pasó mucho más desapercibida. Su fútbol sin pelota sí era heterogéneo, pues hacía de todo para recibir la pelota. Valderrama fue también maestro en descansar sobre las zonas débiles de la transición defensiva de los equipos que enfrentaba, y por eso siempre reclamó mucho espacio. Ver a Valderrama era un ejercicio divertido ya que, además de lo que generaba con el balón, nunca podías advertir cual era la zona del campo en la que se movía. Lo veías recibir por dentro, bien en la frontal, en el círculo central o al lado del mediocentro. Por fuera, casi a cualquier altura y en cualquiera de las orillas. Con movimientos horizontales, tanto acercándose como alejándose del poseedor, o bien con movimientos diagonales por delante de la línea del balón. Valderrama siempre encontraba un lugar para recepcionar dentro de un contexto que le permitiera moverse con facilidad, incluso muy cerca del área.
Y, aunque obviamente no era un prodigio físico, tenía movimientos absolutamente inimaginables tras el primer contacto visual. Giro rapidísimos para recibir de cara o librarse de la marca, pisadas que evidenciaban un agilidad sorprendente o bien movimientos de cadera para romper que parecían más propios de un extremo que del colombiano. Sí, todo eso en una baldosa, con pasos cortos que cubrían poco espacio. También es destacable su calidad como equilibrista, resistiendo embestidas, pero nunca perdiendo el balance ni el balón, incluso en el Mundial de Francia 98’ con casi 37 años.
Hasta ahí el fútbol de ‘El Pibe’. Dominante y desbordante como pocos, tal y como puede atestiguar la selección inglesa de Bobby Robson, que lo sufrió en 1988, en un partido histórico y bellísimo. A Valderrama le faltó determinación más allá de su último pase. Su fobia al área, que un día Segurola describió con excelsitud, su pobre registro goleador y la lesiva falta de velocidad y aceleración en su conducción le privaron de ser un futbolista de mayor impacto en el fútbol mundial. Valderrama fue un ejército de espadachines, el más diestro quizá, en un mundo de tanques, cañones y bombas atómicas.
Tras un breve capítulo con el Medellín, Valderrama se incorporó a la plantilla del Junior de Barranquilla. Ahí vivió tres años dorados, en los que volvió a ser Rey de América, ganó sus dos únicas ligas y rozó la gloria en la Libertadores 1994. Lideró a su equipo en el torneo hasta las semifinales, las cuáles perdieron por penaltis ante el posterior campeón Vélez Sarsfield. Estuvo a casi nada de grabar su nombre en los anales de la Copa, pero sus brillantes actuaciones se grabaron en la memoria.
“Jugar para ser recordados”, dijo un ya muerto genio brasileño.
lunes, 20 de junio de 2011
El dueño del fútbol
Pasa como una centella, saltando patadas en el camino, la toca con la izquierda, luego con la derecha y cambia nuevamente de dirección. De repente, se frena y, espalda recta, estático, otea el horizonte, cuero contra cuero, y pasa la pelota mientras, con ademanes de general en gran batalla, ordena a sus compañeros lo que han de hacer a continuación. Genio. Figura. Único: Johan Cruyff.
Votado como mejor futbolista europeo del siglo XX, aquel chico flaco, cuyo confeso ídolo era el argentino Alfredo Di Stéfano, se adueñó del fútbol europeo en un par de años desde su debut. En su primera temporada como titular habitual, el Ajax ganaría la liga, y como preámbulo de las tres Copas de Europa que conseguiría de formas consecutiva desde la 70-71 a la 72-73, sólo tres temporadas después de su ascenso al primer equipo, llevó a su equipo a disputar una final de Copa de Europa. La revolución había empezado, y la leyenda que ocuparía el trono que había dejado Di Stéfano, ya se estaba forjando.
El resto, lo sabemos todos. Los tres Balones de Oro, su paso por el Barcelona, como jugador y como técnico, su mundial 74’ y la derrota en la final - ¿Qué es más bello que un gran ganador? La caída de un coloso - , la negativa a jugar el mundial 78’, su vuelta al Ajax y su carrera como entrenador, pero ¿Qué es Johan Cruyff, el futbolista? La respuesta a esa pregunta es complicada.
Para empezar, hay que aclarar que Cruyff era delantero, no centro como el finísimo Van Basten, sino un segunda punta como lo es hoy Lionel Messi y, además, como el argentino, desarrolló lo mejor de su fútbol jugando como falso delantero centro. Cruyff partía de ahí, y llegaba a todos lados. Su influencia se proyectaba a todo el campo y, no, no se trata de una recurso literario. Cruyff, salvo quizá su propia área, dominaba el resto del terreno de juego, y su elegante juego pisaba los tres carriles desde la frontal de su campo propia hasta el área chica rival. Cuando uno, acostumbrado al fútbol de hoy, se sumerge en fútbol de ayer, y ve a Cruyff por primera vez, el choque es inmenso e inmediato. El futbolista total asoma, hipnotiza, alegra y sorprende.
¿Cómo defender un futbolista así? Los límites de la influencia de Cruyff simplemente no existían. La marca personal como la que intentó, a medias pues sólo se dio en campo alemán, Vogts durante la final es estéril. El conocimiento del juego por parte de Cruyff es infinito y ante un caramelo así, el ‘Flaco’ elimina siempre al contrario de la jugada, con algún falso desmarque, o bien se lo saca de encima desde su cambio de ritmo. La marca al hombre es inviable y, la marca en zona, al ser su campo de influencia tan vasto, deja siempre lugar a que el genio reciba con espacio. Si Cruyff recibía, su poderío individual era tan grande que plantaba a su equipo en el último tercio de cancha en un par de segundos, tal y como se evidencia en los primeros once minutos del vídeo. El primer paso de Cruyff bien puede ser el más rápido de la historia. Mientras el ‘14’ ya ha culminado el segundo gesto técnico, el contrario apenas está reaccionando. Si bien su velocidad punta, al menos ya en el mundial, no era tan determinante como la de otros futbolistas, la aceleración de Cruyff, y su increíble cambio de ritmo, sumado a su excelsitud técnica y su incalculable talento, hacían de Johan un futbolista imparable e indefendible.
Pero el fútbol de Cruyff no se detiene en su dribbling endiablado y su amplia zona de influencia, basada en su gran conocimiento del juego. Cruyff es director de la transición ofensiva (Ver vídeo desde el minuto 16), ya sea marcando la dirección de la misma desde su posicionamiento en el campo, o bien siendo su ejecutor, y de la fase ofensiva de sus equipos. Además de su fenomenal conducción, Cruyff atesoraba dotes de futbolista cerebro. Cuando Holanda logra fases ofensivas posicionales alargadas, estas giran sobre Cruyff, su sentido y técnica del pase –Con ambas piernas y manejando toda la superficie de ambos pies-, y su inteligencia para crear líneas de pase en todo el campo contrario. Sumado a todo esto, la presencia de Cruyff en el partido era sinónimo de amplitud para su equipo (Minuto 11 hasta el minuto 16). El genio adoraba caer a banda, ya sea en la base de la jugada o en posiciones más adelantadas, para ser, primero, referencia de la transición ofensiva de su equipo, y, segundo, marcar diferencias en zona de aceleración, creando espacios en el medio, driblando defensores o incluso llegando a línea de fondo como un extremo natural. La versatilidad de Cruyff era inmensa.
No obstante, lo más especial de Johan no está en lo anteriormente citado, ni en su talento defensivo, que también lo tiene, sino en su capacidad para ser siempre solución a los problemas que afectan a su colectivo. Recapitulando, además de ser una fuente constante de ventajas desde su conducción endemoniada, su creación de líneas de pase y sus desmarques, ser sinónimo de profundidad y amplitud, y ser director y ejecutor de la transición y la fase ofensiva, desde su multitud de cualidades técnicas y su monumental fútbol, Johan tenía la virtud de detectar los problemas que tiene su equipo y darles solución. El fútbol de Cruyff era, en esencia, eso. El fútbol es, básicamente, un juego de estrategia, de plantear problemas y propones soluciones continuas durante 90 minutos. Dentro de un marco así, un futbolista como ‘Nummer 14’ es, sin duda, el rey; El dueño del fútbol. Este juego se entendía, y se entiende aún, desde los pies, los ojos y las directrices de Johan Cruyff.
¿Y cuáles eran esas soluciones que daba Johan? Aún en la amplitud y complejidad de su juego, cuando uno observa a Cruyff puede encontrar dos patrones que se repiten con más constancia que otros. Detectado el problema, y dentro de la vasta variedad de matices que se encuentran en diferentes partidos de fútbol, Cruyff, normalmente, decidía si pasaba de ser un argumento en la base la jugada, a ser el discurso en la base de la jugada, o bien a posicionarse, totalmente, como delantero centro.
Como 9, dorsal que usó más de una vez, Johan es la referencia absoluta (ver vídeo a partir del minuto 20). Si de falso delantero centro, Cruyff es el punto de referencia de la transición ofensiva, jugando de ariete esto se maximiza. Holanda pasa a un 4-1-4-1, directísimo, rápido y convierte el carril central de una autopista en la que se enfrenta un F1, Cruyff, a un montón de mini-karts, los defensas. Cruyff alarga la defensa rival, da profundidad a su equipo y les da oxígeno desde sus desmarques y la administración del frente de ataque: Holanda siempre tiene una vía para salir hacía adelante. Ya con el balón en su poder, Cruyff se enfrenta a los dos centrales y, a lo sumo, al mediocentro rival. Los laterales fijados por Rep y Rensenbrik están fuera de combate. Muy pocos defensores contra el genio, la adrenalina sube exponencialmente y la sensación de miedo recorre el cuerpo de los defensores y el portero. Tienen dos esperanzas, que Cruyff falle en la definición, poco factible, o aguantarlo lo suficiente para que la ayuda llegue. Por último, hay que hacer mención a sus desmarques de ruptura. Cuando Cruyff se desmarcaba, el movimiento era tan claro que si los defensas, todos, no lo seguían, era la muerte, como, por ejemplo, le pasó a Argentina en aquél famoso gol.
Por otro lado, aparece la opción de Cruyff en la base de la jugada (ver vídeo desde el minuto 23). Antes de continuar es preciso recordar que Cruyff es el falso 9 del equipo y que, ante problemas que su colectivo afronta, se hace común verlo aparecer en la base de la jugada (La última jugada del vídeo es paradigmática en este sentido), bien para aclarar el pase, bien para ser el mismo quién ejecute la salida, ya sea como mediocentro, lo más normal durante el mundial (En el partido contra Argentina, Johan se pasa casi todo el partido como mediocentro y desde allí desborda y domina al rival), e incluso de líbero, sin desentonar nunca y siendo capaz de dominar el partido desde la base. Su zona de influencia era, sin exagerar, todo el campo.
Quiénes lo vieron jugar cada domingo dicen que detrás de esa forma de conducir el balón tan característica, como si estuviese bailando ballet, y sus acrobacias en el área, se escondía un futbolista dictatorial, que jugaba sólo cuando quería. La verdad de dicha acusación, sin embargo, produce indiferencia cuando el partido empieza y Cruyff se apodera de lo que ya era suyo, el fútbol.
Bendito malvado
Por Sergio_Vilariño
Cuando hablamos de jugador contextual queremos hacer ver al jugador cuya presenciaen el césped que explica el “todo”. Una referencia que marca el estilo de un colectivo, el ritmo es suyo y la consecuencia también.
En algunos casos, ese jugador no solo influye en su equipo (lo cual ya es indudable referencia de su categoría), sino en un partido entero. En algunos casos, es tal el nivel, la ascendecia del jugador, que influye sobre torneos, sobre épocas enteras.
Es por ello que este Mundial 74 es tan excepcional. Tenemos a dos jugadores de esos que marcan equipo, partidos, torneos y épocas. Y ambos se enfrentaron en la final del campeonato, de forma directa, ya que venían haciéndolo indirectamente, proyectando sus auras, desde el inicio de la competición.
En el caso alemán, que es el que nos ocupa, ese hombre, ese jugador contextual, se llama Franz Beckenbauer y, adecuadamente, le apodan “El Kaiser”.
Beckenbauer nació al fútbol ocho años antes, comandando al lado de Wolfgang Overath el centro del campo del equipo de la RFA en el Mundial disputado en tierras inglesas. Es justo que el punto culminante de su carrera se produjese en similares circunstancias.
En 1966, el jugador del Bayern era un joven de 20 años, centrocampista de carácter ofensivo, que sorprendió al mundo con su despliegue box to box y su llegada al área contraria. Su marcaje (mutuo), al gran Bobby Charlton le hizo salir del Mundial como una figura global. Por aquel entonces, los líberos eran figuras de corte cavernario, jugadores sombríos y defensivos, a imagen y semejanza de lo que había construido Helenio Herrera en su Grande Inter. Pero Beckenbauer iba a encargarse de lavar la cara al puesto y adaptarlo a él. En el Bayern, el Kaiser Franz empezó a jugar en la línea de defensa, proyectándose hasta el medio del campo y más allá y llevando el mando de las operaciones siempre que pudiese. Ese “siempre que pudiese” poco a poco se convirtió en “siempre que quisiese”, y eso refleja su tremenda ascendencia en cualquier partido disputado por él.
Mientras en el equipo nacional Helmut Schön prefirió seguir optando por el más clásico líbero Willi Schulz (hasta después de 1970), Beckenbauer siguió compartiendo centro del campo con Overath (y Haller), lo que le sirvió para ir perfeccionando ese rol que, a partir del mundial mexicano, le permitía dominar ambas transiciones con total facilidad.
En la Euro 72, se había asentado ya como indiscutible cerebro y jefe del combinado nacional, pero el nivelazo presentado por Netzer le opacó, y durante ese año, Alemania era el equipo del rubio número 10, como ya hicimos referencia a comienzos de esta serie de artículos.
En el camino al Mundial del 74, Beckenbauer se hace con los mandos del equipo alemán. No solo dentro del campo, también en el vestuario, también en la prensa. Solo hay un líder, y ese es el Kaiser, que literalmente deslumbra durante la Copa del Mundo.
El sorteo del primer grupo le empareja con otros dos jugadores excepcionales en su puesto, Figueroa (Chile) y Bransch (RDA), pero el Kaiser brilla por encima de ellos y de cualquier otro líbero del campeonato. Su compenetración con Schwartzenbeck es casi telepática, fruto de muchos años compartiendo la franja central de la defensa del Bayern. Desde esa posición retrasada, Beckenbauer lanza medidos balones largos (ver vídeo), que baten líneas y dejan a sus extremos en posiciones inmejorables para montar una contra (ver vídeo). En defensa, qué se puede decir, un jugador no excesivamente rápido en distancias cortas, pero sí tremendamente intuitivo para los cambios de ritmo, para el posicionamiento y en el uno contra uno. Su defensa del contrataaque holandés llevado por Rep y Cruyff, donde está él solo contra ambos es un ejemplo perfecto: cabeza levantada, trote tranquilo, midiendo las distancias, amagos con el cuerpo. Rep tiene (¡debe!), esperar todo lo posible el momento de dar el pase a Cruyff que mate el partido, pero eso momento, robado por el timing de Franz, nunca llega. Maier y su extraordinaria capacidad en las salidas contra jugador hace el resto. Otro muestra también del nivel de compenetración o control de Beckenbauer con todos sus compañeros.
Su anticipación viniendo en carrera contra Cruyff y llegando a tiempo para ceder la pelota al portero en la primera parte de la final es otro buen ejemplo del compendio de virtudes defensivas que adornaban al Kaiser.
Además de esto, Beckenbauer adelanta su posición muy a menudo para compartir la base de la jugada con Overath, en una variante tremendamente explotada por este equipo de la RFA. Su presencia en el medio del campo, permite la libertad de los hombres que circulan por la zona de free running e incluso Bonhof aparece por sorpresa en alguno de los costados. La RFA consigue así una abrumadora superioridad en el medio campo, solo compensada en este torneo por Holanda en la final (aunque acaban siendo arrollados también en esta franja del terreno).
Si desde la defensa, el capitán alemán es capaz de batir líneas con facilidad gracias a su toque de balón, lo mismo podemos decir cuando su presencia es en la base de la jugada o tres cuartos de campo. Además, Beckenbauer conserva cierta capacidad de desborde de su época como centrocampista ofensivo, y su disparo de lejos es muy bueno. Debemos añadir, y esta es una faceta que desgraciadamente no vimos en el Mundial, que llegado a tres cuartos de campo (la zona de aceleración, que se suele decir), sus combinaciones con Gerd Müller eran extraordinarias, especialmente sus paredes, capaces de desarbolar cualquier entramado defensivo. Y estamos hablando de un jugador no extremadamente habilidoso como “El Bombardero”. Este es otro mérito de Beckenbauer, hacer mejores a sus compañeros, maximizar sus virtudes. Es decir, el Kaiser, condiciona a su equipo y al contrario sea cual sea su posición en el campo (ver vídeo).
Por último debemos hablar del aspecto mental. Beckenbauer era un ganador, era un líder, un animal competitivo. El más grande de su época junto al número 14 al que se enfrentó en la final de Munich. Beckenbauer condicionaba también desde el nivel mental y así lo sufrieron auténticos diablos para otras defensas del campeonato como fueron Rep y Rensenbrink, Lato o Szarmach, o el mismo Ralf Edstroem. Cuando veían llegar al capitán germano, se apagaban las luces, se bajaba la persiana, y el balón desaparecía.
lunes, 14 de febrero de 2011
Fenómeno inmortal
Una leyenda de casi 18 años. Desde hoy tantos y tantos soñadores no tendremos más remedio que cerrar los ojos y recordar, volver a soñar con el genio de la número 9 que conquista defensas, derrota porteros y besa las redes. Ronaldo ya es inmortal, pero el fútbol está de luto.
¿Cómo transmitir en un espacio tan pequeño lo que significa, y significó, Ronaldo? ¿Cómo hacer para que en 10 años ese aroma a locura y surrealismo siga en la atmósfera, y que el inexorable paso del tiempo no nos robe de nuestras memorias los momentos de magia que él no regaló?
Ronaldo apareció como una sonrisa, tan espontáneo como sólo él podía serlo, en un fútbol dominado por la poesía profunda y selvática de Romário, brasilero, y la elegante y fina prosa, poética, pero prosa al fin y al cabo, de Roberto Baggio, italiano. Su carrera meteorica le dio réditos de inmediato y sus 44 goles en 44 partidos con el Cruzeiro, más exhibiciones en la Libertadores, como aquella ante el Boca Juniors, avalaban su calidad. Infantil, inmaduro, salvaje. Era un niño con físico de super atleta y un talento descomunal. Y era algo nunca antes visto, rebelde y desenfrenado, eléctrico y destructivo.
El niño de 17 años no tardó en pisar el mundo de los más grandes. Fue llevado por Carlos Alberto Parreira a la cita mundialista del 94', casi como un acto de soberbia de Brasil, que le mostraba la nueva joya al mundo, mientras el ya veterano Romário ganaba el mundial. Llegó a Europa, al PSV, como Romário y, aún adolescente, dominó el campeonato, yéndose casi a gol por partido, y demostrado como su inocente talento era superior, incluso, ante el más ávido carácter competitivo de sus rivales. Era capaz de ponerse en situaciones de desventaja, de las que un mortal no podría salir victorioso, y librarse de ellas dejando a tres, cuatro o cinco defensas en el suelo. Sólo un sublime Ajax le quitó el que su dominio se viese reflejado en su palmáres.
Aunque efímera, su estancia en el Barcelona significó un antes y un después, no sólo en la carrera de Ronaldo, sino en una generación entera, a la que orgullosamente pertenezco. En Barcelona se mostró como el jugador más decisivo del planeta, y además sumó pluses a su juego. Ya no era sólo el Ronaldo de los sueños, que arrancaba desde el centro del campo, con una fuerza incontrolable, y dejaba rivales, túneles y caderas rotas por el camino hasta el gol de antología, sino que ya era un peligro desde su desmarque bullicioso y notorio, del todo o nada. Y además, en aquel equipo, tenía a De La Peña, uno de esos seres capaces de ver espacios entre la jungla de piernas que nadie más ve. El fervor adolescente de Ronaldo contrastaba con el canoso pelo de Robson, quién, seguramente, fue el que más disfrutó de todos aquel año de Ronaldo, llevándose las manos a la cabeza una y otra vez ante cada gesto, cada gol, cada túnel y cada bicicleta del fenómeno.
Y llegó, entonces, el Inter de Milán. Y con él llegaron los premios, la explosión y el merecidísimo título de mejor jugador del mundo. Ronaldo, en el difícil fútbol italiano de finales de los 90, enmarcó su talento como el 9 más devastador que ha existido. Sumó matices a su fútbol, lo hizo rico en detalles, aprendió a crear líneas de pase hacía él, le dio continuidad a sus desmarques de apoyo y, por tanto, a su fútbol asociativo, absorbía posesión, le dio sentido a su pausa, aprendió a caer a banda y aparecer en zonas muertas para recepcionar con ventaja, aprendió a dar profundidad y amplitud a la vez, a jugar de espaldas, comenzó a abarcar mucho más campo y se le veía incluso pasar su propia mitad y asociarse. Sus desmarques se volvieron más ricos, y siguieron siendo igual de bestiales que siempre (¡Ah! Quién no recuerda aquel gol a la Roma a pase de Baggio). Era el mejor definidor del mundo, quizá de la historia, invencible en el uno vs uno, y el uno vs dos, tres, cuatro, cinco, seis o siete. Era un jugador conceptualmente grande, era el partido, mejoraba a sus compañeros y se mejoraba el mismo. Y todo arropado desde su talento único. Su capacidad para hacer giros irreales, para acelerar en segundos, desacelerar, pausarse, frenar, arrancar, amagar, pisar el balón, cambiar de dirección, y, en resumen, de dibujar jugadas en su mente imposibles, y luego hacerlas con una facilidad pasmosa. Ronaldo era el jugador que todos queríamos ser, y el amaba lo que hacía. Era el ídolo del mundo, la fuente de luz más brillante en el universo futbolístico y era el futbolista más grande de la década.
Sin embargo, también hubo reveses. Perdió la final del 98' tras tener ataques epilépticos apenas horas antes de la gran final, y después llegaron las lesiones de rodillas que nos arrebataron a Ronaldo, quitándonos más de dos años de su fútbol y sus goles, dándole tiempo a Rivaldo y Figo de creerse los mejores del mundo, y a Zidane de ocupar su lugar como ícono y como mejor jugador del mundo, haciendo especial mención a su Eurocopa 2000'.
En 2002, como muestra eterna del amor que profesaba al juego, como las lágrimas derramadas hoy en su adiós, volvió recuperado y espantó con ocho goles y la Copa del Mundo, todos los fantasmas de los últimos años. Tenía 26 años y todavía nos quedaba mucho, muchísimo Ronaldo por ver, disfrutar y aplaudir.
Fichó por el Real Madrid después de que Figo y Zidane lo hicieran. Llegó después de la final de Glasgow y, aún así, su fichaje causó ilusión por doquier. El recuerdo de sus goles hacía seis años aún estaba fresco en la memoria. Pero no era el mismo. Las dos lesiones habían terminado con el Ronaldo de los giros fantasioso, los cambios de dirección extraordinarios y, en general, con el Ronaldo que se disfrazaba cada fin de semana del futbolista que emana de nuestros sueños. Seguía siendo "la manada" que Valdano había descrito años antes, seguía siendo igual de rápido e incluso más potente. Era igual de letal de cara al gol y, como compensación por no poder ya reescribir la historia de la anatomía humana en cada acción, adquirió un dominio aún mayor del fútbol, comenzando por un juego de espaldas de la más alta élite de delanteros centro, mejoró, todavía más, sus desmarques y pasó a ser más participativo en la asociación. Ya no era el mejor del mundo, de hecho no era el jugador contextual de su equipo, pero siguió forjando su leyenda como mejor delantero centro de la historia.
Tras su paso por el Real Madrid, su cuerpo comenzó a perder la alegría juvenil y a ganarle la guerra que culminó ayer cuando decidió que "dibujaba jugadas en su mente, pero su cuerpo ya no lo dejaba hacerlas". Fichó por el Milan, ilusionó y nos hizo emocionar a muchos con sus goles de rossonero, pero el trágico destino volvió y las lesiones reaparecieron. Otro año más sin su magia en los terrenos.
La última aventura fue en Brasil, su país, y con ganas implacables de ganar la Libertadores, su Libertadores como dejó inferir en la rueda de prensa. Mientras algunos se mofaban, la mayoría éramos un sólo corazón con Ronaldo, emocionándonos con sus goles y los títulos ganados, y llorando amargamente cuando la Libertadores dijo no, y cuando fue el mismo Ronaldo el que dijo no.
Se nos fue el jugador de una generación, el más cercano a todos, porque todos soñabamos con ser él. El fenómeno inmortal que dejó pedazos de vida en tantos campos, y dejó tantas memorias y sonrisas por ahí. Desde ahora nos toca cerrar los ojos cada día y recordar, por ejemplo, aquel gol en que deja sentado al portero sin tocar la pelota, o todos aquellos en los que los dejó atrás a todos, o los 15 goles que lo proclaman máximo goleador en los mundiales, y, ¿Por qué no?, recordar sus túneles, pisadas, bicicletas, tijeretas, taconazos, paredes y, en fin, toda esa amalgama de jugadas que sólo él y nadie más volverá a repetir.
Gracias por todo, fenómeno.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Desde Sudamérica
Corría el verano de 1990 cuando Colombia debutaba en los mundiales a color. Lo hacía con una generación tan talentosa como pintoresca, y con un juego tan bello como bueno. Cada partido se convertía en una oda al pase y al centrocampismo. Más de 20 años después, la selección Colombia visita Europa, esta vez Madrid, para medirse a una campeona del mundo, bandera, también, del pase y centrocampismo, aunque opaca en el arte de jugar bien, alejados, y mucho, del clímax que significó la Eurocopa 2008 ganada por La Roja.
Aún así, el partido sigue siendo lo que es. Un encuentro amistoso entre la selección campeona del mundo y una selección que no ha clasificado a los últimos tres mundiales y no ha logrado superar ni el adiós de su jugador insignia ni de su generación dorada.
No tiene Colombia hoy, ni siquiera, lo que tuvo inmediatamente después de Francia 98’, torneo dónde cayó el telón de los Higuita, Álvarez, Valderrama, Rincón y Asprilla. No tienen uno de los mejores porteros del mundo en el multicampeón Óscar Córdoba, ni la única pareja de centrales, Córdoba-Yepez, de toda América que se puso a la par de la de Brasil, campeón del mundo, y Argentina, tierra de Roberto Ayala. Hoy Colombia es un equipo formado por una generación que hace cinco años ilusionó y que se ha quedado en casi nada. Tiene jugadores en Europa, varios, y varios de ellos importantes en sus equipos; Sin embargo, no pasan de ser un combinado de jugadores que conforman el numeroso grupo de futbolistas que anteceden a la gran élite, y de este último grupo, la gran élite, está conformada la selección española.
Más allá de eso, que no se confunda usted, amigo lector, ver cualquier partido de Colombia tiene sus ventajas para el espectador. No juegan bien, conjugan ramalazos de inspiración con momentos de total desorden, pero siempre ofrecen una razón de peso para aguantar esos noventa y tantos minutos de inconsistencia.
Espigado, normalmente andando si no tiene la pelota, moviéndose en los últimos 30 metros la mayor parte del tiempo, ahí, estimado amigo, ahí encuentra usted la razón por la que gastar dos horas de su tiempo y, en el peor de los casos, sus euros, para ver el partido. Se llama Giovanni Moreno, tiene 24 años, juega en Racing, el grande, no el que usted conoce, y jugó en Atlético Nacional, dónde es ídolo de masas.
Si es el mejor jugador colombiano actualmente, es difícil de decir, pero, como colombiano, sé que el es la llave de la ilusión. Su fútbol es el fútbol de la sudamericana profunda y mística, ese mismo que nos ha regalado joyas de antología como Ricardo Bochini o Enzo Francescoli.
No es exacto definirlo como el clásico 10 sudamericano, a pesar de que se le compara con Riquelme, pues se trata de un futbolista menos dado a la asociación y la circulación, además de que encuentra lo mejor de su juego en las áreas cercanas al área. Esto no se debe confundir con que Giovanni es incapaz de ejercer de ‘10`, todo lo contrario, pero con él pasa como con muchos futbolistas que se encuentran entre los límites que separan al centrocampista del delantero, y, como siempre se suele hacer en estos casos, hay que plantearse en que circunstancias daría el futbolista lo mejor de sí. En el caso de Moreno es, seguramente, con un 9 adelante y un 10 por detrás.
Y el chico es un crack. Un repertorio técnico completísimo con pisadas, elásticas, túneles, rabonas, bicicletas, controles y un largo etcétera de gestos técnicos de una belleza superlativa que siempre acompañan su fútbol. Recibe, la pisa, la aguanta, espera el momento justo y crea la ventaja. Pases deliciosos tanto en apoyo como en profanidad, la zurda más fina desde que Rivaldo se fue a Uzbekistán, gambeta netamente sudamericana, corta, a pesar de la zancada larga, y de muy lento a lento, cambio de ritmo tan efectivo y letal como el del europeo que va de muy rápido a rapidísimo. Además tiene talento. Interpreta bien las situaciones con balón y suele decidir bien, basado en una gran confianza en sus condiciones, siempre generando ventajas para su equipo, ya sea desde la acción individual o desde su buen sentido del pase y la pausa.
Y tiene carencias, claro está. Físicamente es privilegiado, pero carece de velocidad diferencial. En Sudamérica conjuga su talento con sus condiciones técnicas y físicas, y es diferencial así, pero en Europa tendría problemas pues físicamente sería “uno más”. Además es un talento cuasi-salvaje. El trabajo de inferiores sobre Giovanni fue eminentemente técnico, y nunca se trató de que el fuese más allá, nunca se le cambió de posición, y nunca hubo un trabajo específico sobre su fútbol sin balón. Era simplemente muy superior en el contexto colombiano y no lo necesitaba. En Argentina ha evolucionado mucho en su capacidad para crear líneas de pase hacía él, ya sea por fuera o por dentro, y para aprovechar los espacios muertos. Lo que para Riquelme es tan natural como desayunar, le resulta un sufrimiento a Giovanni, producto de su tarde explosión y exposición a contextos futbolísticos más exigentes. Esa adecuación de su talento a las condiciones competitivas de la élite suponen un pero en su carrera; Sin embargo, dicha condición especial no resta un solo ápice de su enorme talento, nada despreciable para cualquier equipo no Champions League de España o Italia.
Y ahí estará el miércoles. Exhibirá su fútbol de inspiración sudamericana, y no de constancia centroeuropea, y quizás gane su pasaje definitivo para que usted, amigo lector, lo disfrute todos los fines de semana. Mientras tanto, en Sudamérica nos deleitamos.
miércoles, 6 de octubre de 2010
El Libertador
Su figura despertó amor y odio a lo largo y ancho de Argentina. Conquistó América, odiado por sus víctimas y amado por aquellos a los que no enfrentó. Se le llama fracasado en Europa, donde su figura despertó los mismos sentimientos. Román no dejó indiferente a nadie, fue demasiado grande para no llamar la atención de todos.
Un lustro de gloria
Desde que fuera extrañamente sacado del mundial de USA en el 94, el fútbol argentino se embarcó en la búsqueda de los herederos de D10S, búsqueda de la que hoy queda una lista interminable (Juan Sebastián Verón, Ortega, Gallardo, Ibagaza, Aimar, Saviola, el propio Riquelme, Romagnoli, D'Alessandro, Tévez, Lavezzi, Messi, Aguero, entre otros) de la que se pueden destacar realmente sólo dos nombres y dos hechos que marcaron la relación con Diego. Uno es obviamente Lionel Messi y su gol al Getafe, cuasi calco del de D10S a los ingleses, y el otro es Juan Román Riquelme. Román había debutado el 10 de Noviembre de 1996 en Boca Juniors, un año después, el 25 de Octubre de 1997, durante el superclásico, con el marcador 1-0 a favor de River, Héctor Veira, entrenador de Boca en aquel entonces, sustituyó a Diego Maradona, en lo que sería el último partido de D10S como futbolista profesional, por un joven Román Riquelme. Esa sustitución marcó el relevo generacional entre el que había sido el mejor jugador argentino durante las dos décadas anteriores (Entre otros honores, como mejor jugador de la historia) y quien fuera el mejor jugador argentino de la década subsiguiente (Entiéndase 1997-2007). Entre el hasta ese momento mayor ídolo de Boca Juniors y el que es hoy día máximo ídolo de la historia xeneize.
Tras la salida de Diego la responsabilidad cayó en Román que, con 18 años, se vistió con la 10 de Boca y, con la llegada de Bianchi, Román tomó el papel protagónico, llevó a Boca a ser campeón invicto, se convirtió en el mejor jugador del torneo e inauguró el tridente ofensivo más importante de la historia reciente del fútbol argentino: Riquelme-Schelotto-Palermo. De ahí en adelante Riquelme tocó la gloria con los pies. La Libertadores conoció al mejor jugador de su historia reciente, la primera versión del Real Madrid Galáctico de Florentino Pérez sucumbió ante el fútbol de Riquelme en uno de los partidos más bonitos que quien suscribe ha visto, River Plate sufrió humillaciones que un par de años antes, mientras Francescoli besaba la Copa Libertadores, nunca pensó que Boca le podría propinar, los Brasileros, reyes del fútbol, bajaban la cabeza y cambiaban de tema cuando les mencionaban el nombre de Román. Riquelme era el sucesor de Maradona, el heredero del 10, dueño de Boca, del balón, de los aplausos, de la prensa, de las ovaciones, de los títulos, de los rivales... Era la cima de su carrera, y estaba destinado a bajarle el ritmo al fútbol europeo.
Lo que nos quitaron
Comenzaba el clausura 2002, Riquelme estaba a un par de meses de cumplir 24 años, estaba en la cima de su carrera, era ídolo de todos. Sin embargo, las cosas en la Bombonera ya habían empezado ponerse sombrías. El plantel estaba peleado con la dirigencia, Bermúdez, el capitán, con Macri; Bianchi, el virrey, con Macri; Riquelme, el 10, con Macri. Perdieron la Intercontinental ante el Bayern Munich con gol de Kuffour, y Bianchi renunció. Boca se vino abajo, Riquelme tuvo problemas personales (Secuestraron a su hermano), y la tensión era evidente. La Libertadores, que había sido la casa xeneize durante las dos últimas temporadas, también los abandonó y cayeron eliminados en cuartos de final ante el Olimpia de Paraguay. Su ciclo en Boca había terminado.
El verano de 2002 fue fatídico para Riquelme, el fútbol y nosotros los aficionados. Román tuvo la mala suerte de que el momento en el que se suponía que terminaría de explotar, se consagraría como uno de los más grandes, le bajaría el ritmo a Europa y ganaría un Balón de Oro, coincidieran con la presencia de Marcelo Bielsa en la selección Argentina y de Louis Van Gaal en su llegada a Barcelona. Bielsa y Van Gaal, tan parecidos como geniales, compartían y comparten, además de ideología futbolística, su no gusto por el fútbol de Riquelme. Román no fue al Mundial 2002 ni hizo parte del proceso, a pesar de ser claramente el mejor 10 del país y de ser pedido por todos. Ese fue el primer gran golpe que nos privó de Juan Román, en plenitud de fútbol, en la máxima cita futbolística.
Durante su estancia en Barcelona, Riquelme nunca llegó a jugar de '10', y fue reciclado a una lucha por el interior izquierdo con Luis Enrique, lucha que perdió por obvias razones. En primer lugar, Riquelme es un futbolista muy definido, y su adaptación a posiciones y peticiones que no hacen parte de fútbol le es casi imposible. En segundo lugar, la lucha por el puesto se vendió en la prensa como la lucha entre el bluff argentino que llamaban "El nuevo Maradona" y uno de los ídolos de la afición. La situación llegó a tal punto que Riquelme sólo jugaba partidos fuera de casa. Van Gaal se había cargado futbolística y mediaticamente a Riquelme, y ni siquiera la llegada de Radomir Antic logró cambiar la dinámica de la situación Riquelme. La llegada de Laporta, Rijkaard y Ronaldinho en el verano de 2003 terminó de sellar la única oportunidad de Riquelme en la gran élite europea. Sólo había sitio para un R10 y el Barcelona decidió cederlo al Villarreal, su otro equipo en el viejo continente. Cuando otros tuvieron varias oportunidades en clubes grandes, Juan Román sólo tuvo una.
La redención
Llegó Riquelme al Villarreal para la temporada 03-04, y, con Pellegrini de entrenador, Riquelme llevó al Villarreal, un equipo que hace poco más de una década navegaba por la categoría de bronce del fútbol español, en la tercera fuerza futbolística de España, o cuarta si se considera que el Sevilla de Juande Ramos se ganó esa plaza. Más allá de eso, el Villarreal se convirtió en un equipo que jugaba muy bien al fútbol, y además lo hacía bonito. Riquelme era el amo del equipo, como en Boca, jugaba de 10, como en Boca, y se ganó el cielo. Compitió en la élite con el Villarreal, emulando a Maradona y su Napoli, y sólo el destino le quitó la oportunidad de jugar la final de la Champions en el 2006. Riquelme dejó una de las actuaciones más brillantes en la historia de la Champions League en la eliminatoria ante el Inter de Milán, al cuál "merendó" con base en su riquísimo fútbol, su pausa y inteligencia.
En 2004, además, recibió con gozo la contratación de José Pekerman, quien fuese su entrenador cuando Román era tan sólo un juvenil extremadamente talentoso y no el rey de Boca, como seleccionador argentino. Con Pekerman en la selección, Riquelme tuvo su redención en la selección y, aunque ya lo mejor había pasado, Román no tuvo miedo de enfundarse la remera albiceleste y volver a hacer temblar brasileros, y hacer soñar a los argentinos con la consecución de un Mundial 20 años después. Alemania 2006 los recibió, pisaron fuerte, jugaron bien, y Lehman, quién un par de meses atrás había atajado las esperanza de Riquelme, volvió a detener el sueño riquelmiano.
La última bala la jugó en su casa, en Boca. Peleado con Pellegrini y Fernando Roig, Riquelme volvió a Boca en 2007 para volver a acariciar la gloria. Con 29 años, con menos alegría, con evidente nostalgia en su mirada, Riquelme volvió a pisar la Bombonera y volvió, como siempre, a dominar la Libertadores. Brasileros, como siempre, cabizbajos aceptaron la vuelta del 10 y perdieron la final de la Libertadores. Fue la despedida de Riquelme, que dejaba el trono a Lionel Messi.
El futbolista
Riquelme es un genio. Es lo primero que cabe aclarar. Se trata de un jugador brillante, monumental, el segundo mejor jugador argentino después del retiro de Maradona, sólo tras Messi (Opinión personal que puede ser bastante discutida). Existen muchos mitos acerca de Riquelme y es mejor comenzar a aclararlos. Riquelme no es un "pecho frío", de hecho lo mejor de su fútbol lo hemos visto en momentos en los grandes acontecimientos (Libertadores, Champions, Intercontinental), a pesar de que nos perdimos a Riquelme en el Mundial 2002. Riquelme no es un jugador que sólo funciona si los equipos juegan para él. Es un mito creado por su fracaso en Barcelona. Riquelme es un jugador contextual, de los más contextuales que pueden haber. Toma la pelota y hace girar la posesión a través de él, y sus entrenadores, salvo Van Gaal, decidieron crear el equipo en torno a él, hacer de su equipo la extensión futbolística de Riquelme. Riquelme no es lento ni agrega lentitud a sus equipos, de hecho, su fútbol es ágil y una de las virtudes de Riquelme era el regate.
Aclarado eso, hay que decir que Riquelme es la definición futbolística del '10', y, que en el diccionario, cuando buscas la palabra "Enganche" sale una foto de Juan Román al lado. El fútbol de Riquelme está en el centro del campo, creando líneas de pase hacía él y aprovechando su superlativa capacidad asociativa para absorber posesión, hacer circular el balón a la velocidad y en la dirección que el considerada adecuadas, siempre decidiendo bien, y darle ventajas a su equipo desde el balón. Riquelme es un maestro para localizar una zona muerta del mediocampo, posicionarse ahí y hacer de desahogo para quién lleva el balón. Además de que es uno de los jugadores que sustenta la teoría del balón bien perdido (La perdida de la pelota se asume y, por ello, se trata de perder el balón en lugares desde dónde sea más fácil defender).
Para ello Riquelme goza de una capacidad técnica asombrosa. Cuando recibe controla, muchas veces de espalda, la pisa, la esconde, la mueve... Y no la pierde nunca. Atrae rivales y cuando parece que la va a perder, ahí siempre aparece la punta de su pie para ganar la pelota. Su equipo se desahoga y descansa, y si la pierde defiende fácil, aunque nunca la pierde, y si la gana los espacios aparecen y la ventaja se crea. Su ritmo es lentísimo, a una velocidad a la que los defensores no llegan, y se ven desbordados ante ella. Va de muy a lento a lento, y gana en el regate ante infinidad de piernas rivales. Usa cualquier recurso para no perderla, gira sobre si mismo, tira caños, se apoya y luego recibe, y además el rival siempre tiene latente la amenaza del pase, en largo o en corto, o del disparo seco a gol. Riquelme los desquicia, los saca de posición, los desordena y, luego, sólo, luego, ya con el sistema rival totalmente desarmado, cambia de frente, o mete un pase al vacío o saca su disparo letal. El rival no le puede regalar medio metro a menos de 25 metros porque la amenaza de gol es latente.
Riquelme también es un especialista a balón parado. Su capacidad para provocar faltas era inmensa, aguanta entre varios rivales hasta ser derribado y ganar un libre directo que era medio gol o un córner de esos que Palermo siempre convertía en anotación. Riquelme es el maestro de los tiros libres laterales, desde ahí, sólo "Chiqui" Arce era capaz de ser un peligro gol de tal tamaño. River fue una de sus víctimas favoritas desde esa posición.
Riquelme fue Carlos Valderrama con recursos tecnicos y físico que el colombiano nunca imaginó. Regate en carrera, disparo fulminante y amenaza inminente a balón parado. Darle espacios era letal y los equipos rivales debían trabajar para no dejarlo recepcionar en zonas muertas pues si le concedían ese segundo, Riquelme los desbordaba. Los marcajes individuales eran un banquete para Riquelme, que los sacaba de quicio y de posición, creando un espacio inmenso en la mitad de la cancha para la aparición de sus compañeros.
Y claro que Roman tenía debilidades. Si el rival trabajaba la destrucción de líneas de pase hacia él, si no le regalaba zonas muertas, si le defendían la descarga al primer toque en posiciones atrasadas... Riquelme era exigido, y era menos Riquelme. Aún así, tuvimos la fortuna de presenciar un futbolista enorme, y que además era de esos que en los momentos de inferioridad se crecía y equilibraba fuerzas. Makelélé nunca tuvo una humillación como le propinó Román en aquella Intercontinental.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Cesc, el centrocampista
En un mes en el que la falta de rodaje de los equipos, tanto de Europa como de Sudamerica, nos ha quitado muchos momentos de fútbol de alta calidad, y nos ha brindado, en cambio, momentos soporíferos, es momento de resaltar a uno de los mejores jugadores del mundo, uno de los más infravalorados en su propio país, uno de los que mejor han empezado la temporada, y uno de los más desafortunados del mundo: Cesc Fàbregas.
Críado en la Masía, Cesc es comparado con asiduidad a Xavi e Iniesta, de manera, quizá erronea. Cesc se desmarca de la comparación con Xavi desde que es un futbolista mucho más complejo, con muchas más virtudes, menos definido y que, debido a la influencia Premier League en su fútbol, es un jugador que juega a un ritmo más alto que el de Terrasa, y a partir de ahí se podrían explicar muchos de los problemas que afronta Cesc en la Selección española de Xavi Hernández. Tampoco es un Iniesta, a pesar de que comparten el hecho de ser capaces de jugar en los dos vértices del mediocampo con la misma facilidad, Cesc es un futbolista más relacionado con la base de la jugada que Iniesta. Ambos son los centrocampistas, y, aunque Iniesta es indudablemente mejor, el fútbol de Cesc no se escapa mucho del fútbol del Manchego.
Cesc nace como futbolista en la élite, al lado del mediocentro. Viera o Gilberto Silva lo tuvieron de escudero en la base de la jugada del último Arsenal de Henry. El entonces juvenil dio grandes réditos en esa posición, la misma que ocuparía Xavi Hernández en un 4-4-2, y se convirtió en uno de los especialistas del mundo, (España, en ese sentido, cuenta con Piqué, Xabi Alonso, Xavi, Cesc e Iniesta. La salida del equipo español debería ser perfecta.) a pesar de las constantes críticas por parte de los medios ingleses sobre su condición física, catalogada endeble en demasía para jugar en la base de la jugada (Falacia usada hoy con el inglés Wilshere).
Con la salida de Henry rumbo a Barcelona en 2007, la jefatura del Arsenal pasó, irremediablemente, al segundo jugador más talentoso de la plantilla en ese entonces: Cesc. En la base de la jugada, al lado de Flamini o de Gilberto Silva, Fàbregas desplegó todo su fútbol. Organizaba la transición ofensiva de su equipo desde un repertorio técnico notable, además obviamente de todo el talento futbolístico que posee, con pases precisos tanto en corto como en largo, conducción potente ayudada por su nuevo físico, fortísimo que le ayudó a incrementar su rango de acción. Cesc pasó de pesar sólo en la base la jugada, a condicionar toda la transición ofensiva de su equipo, a aparecer por todos lados y a convertir el carril central en una autopista, batiendo líneas y llegando a zona de aceleración con asiduidad para hacer uso de su magnífica visión de juego y su disparo seco y raso.
Con su dominio físico, incluso en la exigente Premier, Cesc dio un paso adelante en su evolución como futbolista. Lo controlaba todo, desde la base hasta la frontal, y sus compañeros lo sabían, lo buscaban y lo potenciaban. Cesc caía a un costado muerto, conducía hasta la frontal y asistía, recibía en una banda y centraba, caía en la frontal, se inventaba una pared y definía en el área. Su fútbol alcanzó una variedad de registros inalcanzables para otros interiores, que han convertido a Cesc en el centrocampista. Saca lo mejor de sí en la base de la jugada, organizando, ocupando espacios, acelerando la jugada, condicionando la transición ofensiva desde su inicio, pero también destaca en el desmarque de ruptura, en el ataque al mediocentro y en la llegada desde atrás. Adquirió gol, aumentó el ritmo de su fútbol y se ha convertido en el cerebro de fútbol más dinámico de Europa. Xavi, el otro gran cerebro, tiene un sólo ritmo, mientras Cesc es capaz de ir de primera hasta sexta velocidad. El control del juego a la máxima velocidad.
Esta temporada el Arsenal nos ha regalado momentos brillantes de fútbol de la mano de Cesc Fàbregas y Jack Wilshere. La falta de "punch" del equipo de Wenger nos ha condenado a tener que disfrutar del fútbol de Cesc Fàbregas más alejado de la base de la jugada de lo ideal, pero la llegada de Wilshere compensa un poco eso. Ambos futbolistas se complementan perfectamente, juegan a lo mismo y nos han devuelto a un Fàbregas más Cesc y menos Gerrard, que era el recurso que Wenger había estado utilizando. Fàbregas pesa en todo el centro del campo y extiende su talento hasta la zona de definición. Tiene capacidad de sufrimiento, brega y talento y tecnica defensiva. Es el centrocampista. Así como lo eran en los 80's esa gran generación de brasileros que controlaban todos los registros de esa línea del campo, Cesc así lo hace. Uno de los mejores 15 futbolistas del mundo, y que será mucho mejor el día que haga parte de un proyecto futbolístico más ambicioso que el de Wenger.
Hace nada se nos ha lesionado (¡Otra vez!), y nos ha dejado tres semanas sin su fútbol. Como con Messi, la sensación es de tristeza. Ojalá se recupere y no vuelva a recaer. El fútbol se pierde un talento colosal.
miércoles, 11 de agosto de 2010
El Centrojás
Parado en la mitad de la cancha, por delante de los defensores y detrás de los interiores. Anda erguido, cabeza levantada y el balón pegado al pie. La pasa y ordena. Y pega un grito. La pasa, y a veces, va. Luego la pierde su equipo y el aguanta, mirada fija en la pelota, sentidos despiertos, atentos a los espacios. Y aparece ahí, justo dónde el balón se divide, justo antes que el rival la tome. O desaparece de la pantalla de la tv y lo vemos luego en la repetición ocupando el espacio perdido por un compañero. O salta valiente al rescate del balón, corta el ataque, inicia el contrataque, siempre erguido, siempre bien.
El fútbol es, básicamente, eso. La situación más repetida en el fútbol es la siguiente: Recupero el balón en mi campo, salgo jugando, llevo el balón a los jugadores más adelantados, fútbol asociativo, el balón llega a los puntas y se acerca peligrosamente al área rival, ahí acelero la jugada, pierdo el balón y finalmente me preparo para recuperarlo y reiniciar el ciclo. ¿Y cuál es la importancia del centrojás en todo esto? Toda.
El centrojás, el 5 argentino o el 4 holandés, para ser más claros, es uno de los futbolistas más gravitantes en un equipo. Su misión es esencial, ser líder. El mediocentro no debe ser el que más grite, aunque un grito ayude mucho, sino el que dé más fútbol. Es quien empieza el ataque, casi siempre, de manera directa o indirecta, y el que lidera la recuperación. Solitario en su zona la pide, la guarda y la pasa. Escapa de la presión, adelanta líneas, ofrece apoyo, soluciona. Se suma a la creación y verticaliza, o cambia de frente con una diagonal preciosa al extremo. O sale conduciendo, eliminado rivales y líneas de presión, arrastrando marcas y creando espacios, y ataca, y llega. Y además contemporiza el ataque rival, se anticipa al mismo, ocupa los espacios vacíos y apoya en el pressing a los compañeros.
Fabio Capello: “Me quedé fascinado con él. A todo lo que se le presuponía, que iba un paso más allá de los demás, unía el ser un jugador tácticamente perfecto” Sobre Fernando Redondo.
Johan Cruyff: “La táctica es lo que debe quedar cuando todo lo demás falla. Por eso nosotros solíamos estar por encima. Teníamos a Guardiola”.
Ante palabras tan autorizadas uno podría simplemente no agregar más, pero hay que hacerlo. Redondo y Guardiola fueron los dos últimos mediocentros grandes, grandes de verdad. Ellos fueron los últimos en ir más allá. No eran sólo básicos, sino que lo eran todo. Eran jugadores capaces de todo, no sólo de ser el líder futbolístico de un equipo, sino de ser el fútbol de un colectivo grande. Hoy ni Mascherano, ni Xabi Alonso, ni De Rossi, ni Diarrá son eso. Pirlo quizá lo fue.
Redondo era la elegancia. Siempre erguido, le daba lo mismo ser el primer pase del equipo que irse de dos rivales con un regate de tacón y descargar en Raúl. Físicamente enorme, correoso y peleón. Recorrió el testigo de los centrojaces de antaño, de los del Río de la Plata, y se convirtió en el mejor de todos. Un uno contra uno, tanto en defensa como en ataque, enorme, impasable y capaz de regatear a cualquier defensor. Su campo de acción era absolutamente enorme, participaba en todas las fases y todas las zonas del campo con la misma eficacia. Amo y señor del Mediocampo, le dio, con Raúl y Roberto Carlos, dos Champions a un equipo muy lejano a ese nivel. Tecnicamente poseía todos los recursos y tenía todo el fútbol del mundo. Más rebelde que frío, el balón a un costado era como un pinchazo en su cabeza y, antes de que la acción rival fuera gestada, Redondo ya estaba ahí donde debía estar para recuperar y lanzarse al ataque con total acierto. Y además era un maestro de la perdida. Redondo nunca perdía un balón en el sitio no indicado para ello. Su fútbol era, parafraseando a Nietzsche, para espectadores con carácter de vacas, capaces de admirar su falsa lentitud y su excelente manejo del espacio, en lugar de asombrarse sólo con su gallardía y lujos.
Guardiola era también así, pero menos espectacular y más sencillo. En el fútbol de Guardiola no había lujos, no había regates, no había cabalgatas de 15 metros para hacer una pared en la frontal. No lo necesitaba. Guardiola era el oxígeno y la fluidez. Pep manejaba el pase de 2 metros tan bien como el de 30 a Stoichkov. Era el primer pase perfecto, y el apoyo en su zona. Pep aseguraba la pelota. Con Guardiola la posesión siempre era del equipo para el que él jugase. Siempre la decisión correcta, siempre la pausa justa y siempre la aceleración de la jugada. Tenía un mapa en la cabeza. Cada espacio y cada jugador se dibujaban en su cabeza. Aparecía ahí, trotando, se anticipaba, recibía y al segundo mandaba el balón a un compañero y el Barcelona alcanza una ventaja posicional vital. Y en defensa también. Pep se anticipaba a todo. Al balón, al rival y al compañero. Y no era rápido, ni fuerte ni alto. Todo lo hacía por una lectura estupenda del juego. Su manejo del fútbol posicional era genial. Y sus compañeros lo agradecían porque sabían que el siempre estaba allí, a un lado suyo, o en el lugar que ellos habían dejado libre. Y sabían que si se la pasaban el balón seguiría siendo suyo porque Pep no lo perdiría.
Ellos demostraron que se podía ir más allá. Que el mediocentro podía no ser sólo básico, sino que podía serlo todo. Que podía ser el fútbol de un equipo grande. Que un mediocentro podía ser el centro de gravedad de un colectivo. Que un mediocentro podía con un sólo pase gestar una ventaja clarísima. Que un mediocentro podía estar en todas partes y ser protagonista en la zona de aceleración. Simplemente que el centrojás podía serlo todo. Que un centrojás podía serlo todo, y que no necesitaba gritar de más, pegar de más, ni ser el más rápido o el más fuerte. Que podía ser el más rápido sin correr, y que podía atreverse a correr y generar ventajas.
Recordamos con nostalgia al centrojás. Recordarmos con nostalgia a Redondo y a Guardiola, mientras tratamos de disfrutar con Banega y Alonso.
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