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viernes, 30 de marzo de 2012

Hace 10 años

Ayer jugó Raúl un partido emocionante que nos llevó al pasado. Como homenaje, saqué de la videoteca un partido al azar de su época dorada y me dispuse a escribir sobre él. Real Madrid, Bayern, Copa de Europa, Raúl, Fútbol. Con él no había trucos, sólo efectos sublimes, diría Giraudoux.

Llueve. El rumor bullicioso del Bernabéu colma el ambiente, es noche de Copa de Europa y se siente en las voces, en los silencios, en los ruidos, en las pieles. Se siente en el césped, en las líneas de cal y en las porterías. Es noche de Copa de Europa y el Madrid está perdiendo la eliminatoria. Son los minutos previos a una noche épica, una más en ese panteón de héroes.

Balón estrellado en movimiento, y el murmullo aumenta. Todos hablan, nerviosos, y de fondo, los ultras se hacen escuchar con un ¡Hala Madrid! Que otros pocos acompañan. El rival es el Bayern Munich, una jauría bárbara que corre, pega, grita y pelea sin descanso. Cierro los ojos un momento y entonces soy Zidane, soy Figo, soy Hierro y soy Solari. Oteo el horizonte y no veo nada más que rojo sangre por todos lados. Tengo miedo. Son sólo once, pero parecen el doble, mimetizados en ese cardumen carmesí. De repente, un fulgor blanco aparece en mi retina y sé que es él. El temor se ha ido y le lanzo convencido la pelota, el cardumen carmesí es ahora un rebaño asustado ante la presencia de un depredador y se dispersa dejando entrever el blanco. Jugamos.

Cierro los ojos nuevamente y ahora soy Kovač, soy Linke, soy Kuffour, soy Lizarazu. Vista concentrada en el balón mientras de reojo lo miro, está a mi lado. Ellos tienen el balón, pero dudan… Tienen miedo. Vamos ganando y no encuentran espacios entre tanto rojo. Pestañeo, de reojo vuelvo a buscarlo y ya no está. Se ha ido y no lo encuentro, giro la cabeza frenéticamente y ya lo veo, pero está muy lejos y no lo alcanzo. Ya el balón está muy cerca, tengo miedo y sé que el resto también. Es sólo uno, pero parece siete, moviéndose sin parar de un lado a otro, recibiendo siempre la pelota. Juega.

Abro los ojos y veo la escena repetirse infinitamente. El Madrid no encuentra espacios, no transita hasta que aparece Raúl, centelleante, y señala el camino. No se detiene nunca porque el fútbol mismo no lo hace. Está aquí y está allá, en la izquierda y en la derecha, arriba o abajo. Se mueve y ya el Madrid encontró espacios; Recibe, descarga y ya el Madrid transitó. La jauría gira en su busca, desorganizada y en pánico pues el gol aguarda como león cazando.


No es uno de sus grandes partidos, sino un encuentro rutinario de aquellos días en los que miraba a los ojos a cualquiera; Sin embargo, es el héroe magno de su equipo, y la pesadilla de no acabar para el rival. En el campo están tipos como Zidane, Roberto Carlos, Hierro o Figo, y ninguno está pesando tanto como lo está haciendo él. El fútbol se rinde a su homólogo, pues Raúl fluye en el juego como sangre en las venas.

La arena del reloj cae y no puedo evitar emocionarme. El Madrid tiene la pelota, pero sólo llega al balcón del área cuando encuentra a Raúl, que se mueve, juega, como un relámpago por todo el frente de ataque, activando espacios con cada desmarque y cada acción. El siete domina el encuentro y apabulla al Bayern que no logra anticiparle nunca… ¡y cómo podrían si ese fútbol responde a una sensibilidad irracional hacia el juego mismo que ninguno de ellos tenía!

Aferrados a él, el Madrid, en un monólogo sin interrupciones, consiguió finalmente el gol del éxtasis en el minuto 70 ante la impotencia bávara, que ya peleaba más que jugaba, y corría sin fe ante los movimientos de pluma de el jugador más decisivo del torneo. El partido terminaría 2-0, con asistencia de Raúl para el gol de Guti sobre el epílogo del segundo tiempo.

Fue una lección de fútbol, preludio de una más grande en la final, como la que daría 10 años después vestido de azul y blanco. 

lunes, 30 de enero de 2012

Pases en la niebla


Hay partidos de fútbol que trascienden lo presente y, con el tiempo, se convierten en memorias y, como memorias, son preciados pedazos de alma de la persona que los atesora. 

No había nacido aún en el invierno argentino de 1987, y tampoco nacería hasta una buena cantidad de meses adelante; sin embargo, desde que vi aquel partido que Argentina, anfitriona y campeona del mundo, y Colombia, una terruño con historia, pero sin gloria, disputaron, equivalente al encuentro que definía el tercer y el cuarto puesto de la Copa América de ese año, que ganaría Uruguay, no pude borrarlo de mi mente. Y en memoria se convirtió.

La niebla, espesa, era dueña del Monumental de Nuñez. Las condiciones para jugar no eran las óptimas, pero el fútbol no suele hacer caso a factores como ese, y se presenta, indiferente, dónde sea que haya talento, un balón y un campo de fútbol. Jugaba Maradona, Dios del juego, y enfrente una valiente Colombia, que, cuchillo entre los dientes, y balón entre cuero y pasto, iba por su triunfo particular, semilla de un futuro éxito sin títulos, pero si muchas sonrisas. 

Colombia, sin temores, se asoma en el partido, aunque nerviosa, no encuentra aún a Valderrama, faro y conductor. Sin tapujos, aplica la curva Maturana, santo y seña de su discurso defensivo, en el primer ataque albiceleste. Sobreviven y es el impulso necesario. Comienzan pasarse la pelota, entre la niebla, y Argentina espera. No les interesa presionar a los centrales, y sólo hacen sombra al trío de mediocampistas que gobierna la base colombiana; sólo achican ante la recepción de Valderrama, que activa espacios en los tres carriles, buscando recibir, juntarse y desbordar. El samario se mueve por delante o por detrás de la línea del balón, lo hace indistintamente según la situación. Sus movimientos arrastran a sus marcadores, el desequilibrio se genera como una chispa, y Colombia ya junto tres, cuatro, 5 jugadores en el costado derecho, los argentinos se mueven en consecuencia, cierran espacios sobre la cal, dejando latifundios por dentro. Los colombianos tocan a uno, dos toques en espacio reducido, gambetean en una baldosa, para atrás, para adelante, engañan, distraen, juegan con la pelota y el espacio, sabiendo muy bien que este ya está ahí, aguardando. De repente, Herrera ve carril, conduce hacia adentro, Galeano, el 9 solitario, va al apoyo, y Gómez, uno de los dos interiores de el trío de mediocampistas, pasa por su espalda, recibe y dispara. Gol. Sólo van ocho minutos. 

El gol es una confirmación de creencias. Argentina ahora sí corre tras los centrales colombianos, y estos pasan la pelota, entre la niebla. Colombia juega a su fútbol único, coral, de movimientos en manada, en los que los once son una sola voluntad. Y ese juego va en contra de los conceptos que hoy dominan el panorama mundial. La circulación cartero, corro, te la entrego y me la llevo. El colombiano no se aleja para crear espacios, se acerca al poseedor, siempre, se juntan y, así, juntos, se la pasan, y de qué manera. La pelota va de un lado a otro, hacía atrás o hacía adelante. La acción riesgosa siempre es bienvenida, pero la pérdida no. La confianza en la calidad técnica en el espacio reducido es emocionante, todo lo hacen en una pocos metros, a un ritmo que sólo siguen ellos, con pulsaciones bajas. Valderrama, inspirado, ataca los espacios débiles de la defensa celeste y blanca, recibe y detiene el tiempo. Amaga, la pisa, gira... El tiempo se detiene y el '10' se convierte en una ilusionista. Entre más lento se mueve, más rápido juega su equipo y más sufre su rival. No se la pueden quitar, le hacen faltas, y cada infracción es una pequeña batalla ganada. Todo lo que hace Valderrama tiene sentido, y todo lo que hace es bueno para su equipo.

Y llegó el minuto veintisiete. Higuita, con sólo dos décadas de vida, saca largo, larguísimo. La cámara se pierde, y vuelve para que veamos a Valderrama asistir a Galeano, en la primera vez que Colombia pisa área contraria, quién define. El '9' solitario, que había jugado un buen partido, yendo al apoyo, o desmarcándose para dar aire a los cinco centrocampistas, inscribía así su nombre en la historia de una nación. Colombia ganaba por dos goles al equipo campeón del mundo, era cierto, y, además se gustaba. Cada vez tocaba mejor, y cada vez se gustaba más. Y Valderrama... era feliz. "Juega bien, el del 'African look'". Era su presentación. Ese año sería galardonado como mejor jugador de América.

Con el fin del primer tiempo, terminaba lo que hoy hace parte de mis memorias más felices. En la segunda mitad, la tiranía de Maradona haría estragos con el circuito de pases colombianos en la neblina argentina. Fueron 45' minutos de resistencia, de apoyos, de curvas y jugadas. 

El partido terminó 2-1, pero, como siempre, eso es lo de menos. Yo fui feliz con los pases entre la niebla, la pausa irreductible y la circulación de cartero, que diría Cruyff.

martes, 21 de junio de 2011

El oro para unos, la eternidad para otros


El 7 de Julio del 74’ sirve como referencia histórica para la mejor final de la historia de las copas mundiales de fútbol. Alemania y Holanda, el anfitrión y la selección que tenía como base al club dominador de Europa en aquel momento, fueron, por lejos, quizá sólo acompañados por Polonia, que sería tercera, los mejores equipos del campeonato. Además, contaban en sus filas con los que, a la postre, son considerados como los dos mejores futbolistas de su generación: Johan Cruyff y Franz Beckenbauer.

Holanda salió, como en todo el campeonato, con su 4-3-3, y es un decir porque luego se organizaban como querían alrededor de Cruyff y el balón, conformado por Suurbier, Haan, Rijsbergen y Krol en la zaga, Van Hanegem, Jansen y Neskeens en el medio, y Rensenbrik, Rep y Cruyff arriba. Por su lado, Alemania, que sí tuvo cambios a lo largo del torneo, como ya se ha expuesto en artículos anteriores, presentó su falso 4-3-3 con Beckenbauer, Schwarzenbeck, Vogts y Breitner en el fondo, Bonhof, Overath y Hoeness en el mediocampo, Grabowski y Hoelzenbein en las bandas, y Gerd Müller en punta. Dos constelaciones de estrellas enfrentadas en el partido más exigente.

Y exigente no sólo por el hecho de ser la final de la Copa del Mundo, con lo que eso implica a nivel psicológico y emocional, sino porque ambos equipos ofrecieron dosis de fútbol y de exigencia intelectual difíciles de hallar en contextos similares. No tardaron ni un minuto. Desde el pitido inicial, los agresivos tulipanes decidieron mostrar su cara más conservadora, en ambas transiciones, en parte por propia convicción, en parte por la propuesta alemana de negarles ventajas en la salida desde atrás, y, claro está, la presencia de Franz Beckenbauer en la transición ofensiva germana. Cuarenta segundos después del inicio del partido, Holanda ya se había encontrado con un problema que no estaban siendo capaces de solucionar: Alemania los defendía en todo el campo y no les daba pie a una salida limpia. La solución, como siempre, la propuso Johan Cruyff que abandonó su posición como referencia central del ataque para acudir a la base de la jugada, generando una ventaja posicional y numérica para su equipo, que les permitió dar un primer pase seguro e invadir territorio alemán con tranquilidad y asiduidad. La jugada se repetiría a lo largo de todo el primer tiempo y, en su primera aparición, fue la causa del primer gol del partido tras la estupenda y famosa cabalgada de Cruyff hasta el área que desembocó en el penalty que Neskeens se encargó de transformar en ventaja.

A pesar del 1-0 en el marcador, Alemania no se descontroló y siguió jugando como si nada hubiese pasado. El discurso fuerte del partido estaba en la base de la jugada de ambos equipos. Mientras Alemania defendía el primer pase holandés con fiereza, obligando siempre a Cruyff a salir de su posición de referencia para ir a sumar en la salida, y generar un primer pase limpio, Holanda tomó dos formas distintas de defender la salida alemana dependiendo de quien la ejecutase. Si los locales decidían salir por las bandas, indiferentemente de si era por izquierda o por derecha, Holanda iba y presionaba arriba, pero, si por el contrario, la salida Alemana era por el medio, y así fue la mayoría de las veces, los de Michels empezaban a defender, en el mejor de los casos, en la línea divisoria. El mecanismo de salida alemán daba pie a que su rival perdiera referencias posicionales, además del respeto que imponía Franz Beckenbauer, por lo que esa decisión era acertada. Alemania vaciaba el mediocentro –Que teóricamente era Bonhof- todo el tiempo, y esa zona quedaba muerta. Overath, el interior derecho con alma de mediocentro, y Beckenbauer, se repartían el espacio a placer en la salida y, desde su excelente sentido del pase y la pausa, superaban constantemente la transición defensiva holandesa. Si los tulipanes iban a presionar, eran superados, y si esperaban, desde el “free running” alemán, Hoeness siempre encontraba espacio para recepcionar, girarse y pasar.  El objetivo local de “saltarse” la transición defensiva holandesa, y lograr fases ofensivas largas, se cumplía y, aunque aún no pisaban área, exigían un esfuerzo intelectual, técnico y físico al que sus rivales no se habían enfrentado en todo el campeonato.

Por su parte, Holanda sólo encontraba ventajas en transición ofensiva desde el movimiento de Cruyff hacia la base y desde su conducción. Alemania defendía en todo el campo, cerraba líneas de pase sobre los interiores y no regalaba un espacio en banda. Los extremos abren el campo, sí, pero nunca reciben en posición ventajosa para el 1 vs 1, y, además, sufren la falta de una referencia en el medio pues los obliga a decidir si llenar el espacio o abrir el campo. Neskeens llena tímidamente el espacio del 9, pero el partido exige su presencia en la mitad. Sin 9, exigidos futbolísticamente a crear nuevas líneas de pase constantemente y con el problema de los extremos, Holanda poco a poco pierde dominio del partido. No logran ser profundos, y las pocas veces que logran llevar el balón al área, la técnica defensiva alemana se sobrepone. Los de Schön recuperan cada vez más fácil y su transición ofensiva desactiva la presión ‘Oranje’, provocando una fase defensiva constante, a la que no están acostumbrados, y en la que a medida que pasa el tiempo van cediendo en concentración e intensidad. Reflejo de ello es la jugada del penalty de Jansen –Superadísimo por el partido -, en la que Overath desactiva la presión, manda un pase a Hoelzenbein, quién con todo el espacio del mundo para el 1 vs 1 se mete al área y derribado. Breitner, que también sería un generador constante de ventajas desde su centrocampismo, anotaría el gol del empate.

A partir de ahí, los alemanes pasarían a dominar el partido, siendo esos veinte minutos finales los únicos en los que ‘La naranja mecánica’ sería realmente superada durante el mundial. El empate transmitió confianza a los locales, que se agarraron con más fuerza de su discurso y empezaron a ser más agresivos aún en la transición ofensiva, a posicionarse en fase ofensiva con aún más claridad e instalaron la duda en los hombres de Michels, que no encontraban solución a todos los problemas que les planteaba su rival. Los espacios que, normalmente, son del mediocentro y del ‘10’, eran desocupados por los alemanes, pero activados todo el tiempo.  La falta de referencia en esas zonas confundía todavía más a los visitantes, que no sabían a quién presionar y en qué zonas. El gol de Müller llegaría en una de esas acciones, en la única que tuvo ‘Der Bomber’ en todo el partido.

No obstante, el genio de Michels entraría a pesar en el partido. La entrada de Van Der Kerkhof en lugar del superado Rensenbrik tenía un objetivo: Lograr amplitud y profundidad. Para ello, además, Michels se la jugaría a despoblar el mediocampo, pasando del 4-3-3 inicial a una especie de 4-2-4. Van Der Kerkhof, quién no era un extremo natural, abriría, normalmente, por banda izquierda, bien pegado a la cal y en la línea de la zaga alemana. El jugador del PSV era un futbolista dotado de pausa, capaz de sumar en un contexto de fútbol asociativo, y bastante obediente a nivel táctico. Su inclusión como extremo permitía sumar una opción de pase más al sistema holandés, y abrir de manera mucho menos exigente el campo. Van Hanegem y uno de los dos interiores, en principio Jansen, por ser el menos dotado para el fútbol de posesión, y por su agresividad, llenarían de forma fija  el espacio que dejaba Cruyff en el medio del frente ofensivo. Ese cambio táctico dotó a los visitantes de los dos factores que extrañaron en la primera mitad y, aunque la mitad era menos numerosa, su transición ofensiva comenzó a ser muchísimo más potente, comenzaron a tener más espacios en la mitad y, poco a poco, a meter a los alemanes dentro de su área, desactivando su transición ofensiva y consiguiendo el dominio posicional que habían exhibido durante toda la Copa.


Con ambas transiciones nuevamente funcionando con normalidad, Holanda dominó tal y como ya se había acostumbrado. Desde el dominio posicional en transición defensiva, producto de una transición ofensiva potente, amplia y profunda. Con el paso del tiempo los alemanes aculaban más y más, y sus opciones de contragolpear se limitaban a ninguna. El partido había desembocado en situaciones donde el último hombre holandés se posicionaba a ¡35! Metros de la portería local. Ni siquiera la lesión de Rijsbergen alimentó la confianza teutona que veía como minuto a minuto su rival se posicionaban en su área y creaba una ocasión de gol. La figura de Cruyff, tanto como 9 bajando balones como de lanzador en el mediocampo, se alzó sobre todos menos sobre la heroica y felina figura de Sepp Maier. El portero del Bayern Munich y la selección alemana se encargó, una y otra vez, de ahogar grito tras grito de gol holandés. 

jueves, 21 de abril de 2011

Épico


El mes de Abril de 2011 será recordado por mucho, muchísimo, dirían en ciertas zonas costeras, tiempo. El primer partido de los cuatro que enfrentarán a los dos mejores equipos del mundo en tan corto lapso de tiempo, ya tuvo tintes legendarios, casi como antesala de lo que vería días después, bajo el escenario, nada más y nada menos, de una final. Épico es poco para describir lo que vimos ayer.

Un partido tan tocado por tan diversos factores, desde el emocional hasta el plenamente futbolístico, es difícil de resumir en tan sólo un par de párrafos. El fútbol hizo presencia en Mestalla, y regaló una mitad para cada equipo. El genio del banquillo alineó a Özil por derecha, a Pepe de interior izquierdo, devolviendo a Xabi Alonso a su posición de mediocentro único, dónde es el mejor del mundo, y a Cristiano Ronaldo lo puso de falso 9. Lejos de ser el mismo planteamiento que en el partido de Liga, el Madrid se mostró más agresivo, más presto a incomodar la posesión del Barcelona, que no a disputarla pues se parte desde el presupuesto de que al Barça no se le quita la pelota, desde la intensidad y la presión sistemática, personalizadas en Pepe, quien es un central fabuloso y que en sus incursiones al mediocampo con Queiroz había dado pena, que se dio el lujo de minimizar a Xavi Hernández.

Y luego, claro, estuvo el sensacional partido de Cristiano Ronaldo que, entre una constelación de estrellas, fue el que más brilló. Desde su posición como referencia en ataque, dirigió las transiciones ofensivas del Madrid, ocupando indiferentemente los tres carriles largos del frente de ataque, y atacando espacialmente al Barcelona, llevando todos los ataques merengues a las zonas débiles del Barcelona, personalizadas en el desnaturalizado Mascherano, en el pequeño Adriano y en Sergio Busquets. La velocidad física, técnica y de lectura de juego que expresó el portugues durante varios tramos del partido fue imposible de seguir para la muy exigida defensa azulgrana, que sangró y pudo perder el partido varias veces en el primer tiempo. Punto y aparte para Özil que, sin ser el exquisito futbolista de Enero, forzó a Busquets a tomar decisiones cada vez que recepcionaba la pelota, y, como era de esperarse, la falta de talento del 16 blaugrana lo llevó a equivocarse una y otra vez, demostrando nuevamente que, si el Barcelona no juega bien, Sergio es incapaz de sostenerse desde el mediocentro.

La segunda parte, en cambio, fue totalmente culé. Pedro arrancó desde la izquierda y eso le regaló a Andrés Iniesta el espacio necesario para dinamitar al Real Madrid. Desde Iniesta, el Barcelona recuperó profundidad y velocidad en la circulación, la posesión volvió a tener la calidad necesaria para obligar al Madrid a retrasarse varios metros y evitar que, tras pérdida, el Madrid saliese al ataque con un contexto ventajoso que obligase al Barcelona a correr hacía atrás. Con la posesión de calidad volvió la presión arriba, y el Barcelona volvió a ser el Barcelona apabullante de siempre; Sin embargo, Mourinho y sus jugadores tenían otras cartas que jugar. A lo largo de la temporada habían demostrado inestabilidad siempre que tenían que soportar ataques posicionales prolongados, y entiéndase por prolongados cualquier ataque posicional que superase los 20 o 30 segundos, pero durante toda la segunda mitad lograron no sólo conservar su portería en cero, en parte gracias a un pletórico San Iker, sino lograr detener la avalancha blaugrana que les sobrevenía, con un imperial, destacadísimo e inesperado trabajo de Marcelo, quién no fue el punto débil que es cada vez que tiene que sufrir, y, al contrario, estuvo magistral en la defensa interior, llegando, incluso, a ganar un par de 1 vs 1 a Lionel Messi. Proeza del mejor lateral izquierdo del planeta.

El tiempo extra se vio condicionado por el factor psicológico. Cristiano Ronaldo y Di María se encargaron de minar el juego culé desde el apartado emocional. Sprints inhumanos a los noventa y tantos minutos de un partido de intensidad Champions, que provocaron una clara reacción negativa en el fútbol azulgrana, que no logró asentarse durante los últimos 30 minutos del encuentro. Cristiano Ronaldo, en una jugada que co-protagonizaría con Marcelo y Di María, sentenció el partido con un heróico cabezazo en las postrimerías. El mejor jugador del partido fue el que selló el triunfo del Madrid: Poético cuanto menos.

El primer título está virtualmente ganado por el Barcelona, el segundo ya se lo ha llevado el Madrid. Nos esperan aún dos partidos que prometen reventar los estándares de fútbol y emoción de lo que va de la temporada. Afortunados somos.

martes, 30 de noviembre de 2010

La victoria del futbolista





Se había hablado demasiado. No era para menos. El contexto del primer Clásico de la temporada 2010/11 tenía todos los condimentos para el debate futbolístico de mayor calidad. Se enfrentaban el mejor entrenador del planeta, a cargo de la plantilla más cara de la historia, en frente del equipo que ha dominado el fútbol mundial los últimos tres años y que, contaba, además, con el mejor jugador del mundo en sus filas. Material para hablar durante horas. Y ciertamente así fue, sin embargo, no sirvió de nada.

Al frente de Mourinho, el genio del Banquillo, jugaba Lionel Messi, el genio del césped, la pelota y el fútbol. El partido de Messi nos volvió a recordar que el fútbol es de los futbolistas y, si eres EL FUTBOLISTA, el fútbol es tuyo. A pesar del extraño planteamiento de Mourinho, condicionado, claro está, por la baja de Higuaín, que obligó a modificaciones posicionales explicables, pero de difícil justificación, en el que el Madrid comete el peor error que se puede cometer ante este Barcelona, es decir, regalarles la salida del balón (Sevilla lo hizo y se llevó 4), confiándose, quizá, en demasía en su segunda jugada y su excelente ataque posicional, las verdaderas razones de la aplastante victoria del Barcelona tienen nombre y apellido. Sin Lionel Messi a ese nivel, el Barcelona quizá hubiera ganado pues todos sus jugadores jugaron a un nivel estupendo, puede que el mejor partido de la era Pep,  pero no con una diferencia tan abultada. El 5-0 no fue la diferencia entre el mejor Barcelona y el Madrid de ayer, sino entre Lionel Messi y el resto de futbolistas del mundo.

El Madrid empieza a perder el choque desde lo psicológico en el momento en que Lionel Messi roba un balón en la línea de fondo a Di María, regatea y provoca un tiro de esquina que, segundos después, termina en un balón colgado por Messi por encima de todos, como él mismo, y que se estrella en el palo. Y lo empieza a perder desde lo táctico cuando Alves termina de desnaturalizar al Madrid llevando a Di María a hacer un doble lateral obligado gracias a su posicionamiento en mediocampo. Sólo bastaron los pocos minutos entre la primera situación y la segunda para que el Barcelona, sin marcar aún, ya tuviese una ventaja enorme.

Y luego vinieron los goles y la brutalísima exhibición de Lionel Messi. Messi no jugó en la derecha y no fue el falso nueve al uso que podemos encontrar en el 6-2 o en la final de Roma. Messi jugó de delantero, bajando mucho a contactar el balón, aclarando siempre la jugada, mejorándola, dandole sentido y generando el contexto propicio para que el Barcelona realizara su mejor fútbol. Messi recibía de cara y ocupaba la atención de todo el mediocampo merengue, que corría detrás del argentino, perdiéndose en el espacio y regalando montones de zonas libres para la recepción de los locales. Destrozó al mejor mediocentro del mundo, hizo añicos la pareja de centrales portuguesas, una de las mejores del mundo, y como consecuencia de su fútbol desnudó todos los defectos de los laterales blancos y desactivó cualquier intento de represalia. El futbolista jugó, posiblemente, el mejor partido de su carrera en liga española y el único pero a su encuentro no está en él, sino en el rival que no generó ningún problema que Messi pudiera solucionar, y esa es el fundamento que decide los más grandes partidos. Más allá de eso, sólo se puede disfrutar con la actuación del rosarino. Perfecta, rozando un nivel inalcanzable para ningún futbolista activo y que causa muchas dudas para quiénes todavía somos reticentes al dominio del argentino sobre el fútbol post-maradona.

Bajo ese contexto jugó el Barcelona, y Xavi, el futbolista que define el estilo, e Iniesta, el segunda espada que tiene tanto fútbol para ser el primera espada de cualquier equipo grande, simplemente jugaron a un nivel superlativo, dando lo mejor de su fútbol, al menos en el estado actual de Iniesta. La velocidad de la circulación, la calidad de posesión, la calidad de la perdida, la profundidad, la aceleración... Todo en el Barcelona, a nivel de estilo, fue simplemente perfecto. 

Mención especial para Villa, que ganó prácticamente todos los duelos a Sergio Ramos, fue un constante generador de peligro y, por fin, logró darle al Barcelona ese plus de profundidad, de miedo, de gol, de presencia por el que se lo trajo. El Barcelona, todo, jugó a un nivel inalcanzable para cualquier colectivo en este momento. Y nos hicieron disfrutar. Una noche mágica sin duda.

Fue la victoria del futbolista.

lunes, 26 de julio de 2010

Homenaje al flaco

Homenaje a Juan Carlos Valerón, genio infravalorado y opacado por las nuevas generaciones. Jugador grande, no tan bueno como Riquelme, años luz mejor que Guti y, mínimo, al mismo nivel que Xavi. Quizá mejor. Hoy recordamos su última gran exhibición en Champions League, ante el Milan de los Inmotarles.

El fútbol, que es dominado por los grandes futbolistas, y estos normalmente están donde está el dinero, a veces regala equipos pequeños que compiten en el máximo nivel jugando al fútbol. En los últimos 10 a 12 años, el fútbol español ha regalado varias de esas joyas de coleccionista, muchas de ellas con el Bonus Track de tener a un jugador grande entre sus filas. Uno de ellos fue el EuroDepor de Juan Carlos Valerón.

Este escrito no tiene como intención un análisis detallado ni de aquel gran conjunto ni de la eliminatoria que tomaré como referencia para homenajear al flaco, sino que será simplemente eso, un homenaje a un futbolista grande que tuvo la mala (O buena, quien sabe) fortuna de recalar en un equipo pequeño cuando su talento obedecía a las más grandes camisetas.

Milan 4 – 1 Deportivo

Se jugaban los cuartos de final de la Champions League 2003/2004 y el EuroDepor visitaba a un viejo conocido de la pasada Champions: El campeón defensor, los inmortales de Carlo Ancelotti en todo su esplendor.

Ancelotti hizo uso de su equipo habitual, salvando el cambio Nesta por Costacourta, mientras el equipo de Javier Iruteta salió al escenario sin Diego Tristán, titular teórico, y sin Victor, esto último provocó un cambio en el dibujo, pasando a un rombo en la mitad de la cancha y sin nadie ocupando la zona derecha del ataque. El Depor presentaba un equipo, por lejos, más modesto que el rival, que, comandados por Maldini, Cafú, Pirlo, Seedorf, Kaká y Shevchenko, gozaba de una de las plantillas más talentosas de los últimos 20 años. Y, a pesar de todo, Valerón logró que el Deportivo fuera superior durante casi todo el primer tiempo.

Sin un extremo derecho en el campo, la zona derecha del ataque gallego tenía que ser ocupada por un sacrificado Sergio quién cumplió una labor doble, de interior conceptual y de extremo posicional, durante todo el partido, pero la exigencia, tanto física como futbolística de dicha labor sobrepasó al deportivista y Pancaro, lateral izquierdo rival, tuvo una autopista hasta la zona de Lionel Scaloni desde la que el Milan produjo su fútbol más peligroso en los primeros 45 minutos. Salvo lo que viniera de la banda izquierda, la de Pancaro y Maldini, que jugó un partidazo desde el central zurdo, el Milan carecía de peligro. Las líneas de pase a Kaká fueron hábilmente tapadas, y el Brasileño casi nunca recibió en un contexto favorable, y la primera línea de medios italianos tuvo que precipitarse y tirar balonazos a tierra de nadie como único recurso.

Y apareció Valerón. El Deportivo se puso en ventaja rápidamente y el recurso Valerón apareció. Mientras Kaká no encontraba lugar para recepcionar, Valerón flotaba en alrededor de 30 metros a lo largo y ancho del terreno, creando líneas de pase hacia él, recibiendo de espaldas, agregando pausa y ritmo, dándole oxígeno y superioridad al mediocampo deportivista frente a ese rombo majestuoso de Pirlo-Gattuso-Seedorf-Kaká. El ‘Flaco’ hacía siempre lo correcto cada vez que entraba en juego, pausando el ataque para que Sergio llegara a posición de extremo, o acelerando el ritmo para romper con sorpresa. Valerón logró que el Milan corriera y se desordenara. Primer Slalom en el círculo central y elimina una línea de presión, segundo slalom y pone a Pirlo, Seedorf y Gattuso a correr atrás de él. Y además daba ese último pase mágico que poseía. Crack.

Sin embargo el embrujo duró poco. Sobre la hora el Milan ganó el único centro lateral en toda la eliminatoria y Kaká empató el partido. Como el fútbol, algo que repetiré muchas veces en este Blog, es un estado de ánimo, el Deportivo se vino abajo. Entraron a la segunda mitad desconcentrados y en un soplido el Milán sacó de la chistera tres goles, acabando así el partido con un poco esperanzador 4-1 en la ida.

Deportivo 4-0 Milan

Para la vuelta, Riazor recibía, esta vez sí, los dos onces de gala de ambos equipos, salvo Tristán. La vuelta de Víctor permitió a los de Iruteta volver a su 4-2-3-1 con único pivote y dos extremos. Como consecuencia el Milan no encontró las facilidades para pasar el mediocampo desde su lateral débil, además de que le dio a Sergio un rol acorde a sus muy buenas cualidades, y que le dio muy buenos réditos al Deportivo a lo largo del partido.

Tal como pasó en San Siro, el Depor se encontró con el marcador arriba desde muy temprano, una inyección anímica importantísima para los de ‘Flaco’. Valerón realiza un juego muy parecido a lo de San Siro, aunque menos protagónico debido a la gran actuación de actores de reparto como Sergio, Andrade, Molina o Luque, y de todo el equipo en general. El partido es parejo durante gran parte de la primera mitad, con ambos equipos plantándose en ¾ con asiduidad, aunque el Milan se encontró con una barrera albiazul que no perdió ningún centro lateral en todo el partido y que no permitió que los delanteros rossoneros recibieran habilitados en el área.

A partir del minuto 25, más o menos, Valerón entro más en juego y su virtud de convertir una jugada común en ventaja para su equipo, salió a flote. Valerón clarificaba, oxigenaba, aguantaba y verticalizaba. Flotando entre líneas Valerón cambió la dinámica del partido, inclinándola hacia su equipo. Luego llegaría su merecidísimo gol que empujó aún más al Deportivo a por la hazaña. Esta se consumaría con un gol de Luque, de gran partido, sobre el final de la primera parte. Remontar el 4-1 de la ida no sólo era posible, se había logrado.

La segunda parte siguió el mismo curso. El Milan superado, y el Deportivo respondiendo al máximo nivel de exigencia tanto desde lo individual como desde lo colectivo, y jugadores medianísimos como Naybet ganaban lances contra delanteros como Shevchenko, mientras Kaká no encontraba en sus delanteros un socio para atravesar el muro deportivista. Ancelotti tiró del recurso Serginho, sacando a un desdibujadísimo Pirlo, pero no hubo éxito. El Milan sin mediocentro perdió más de lo que ganó y el caramelo que representó eso para Valerón fue enorme. ´El Flaco’ revoloteó a sus anchas en el terreno de juego, y el Deportivo siempre lo encontró con espacio para jugar. La frutilla del poste la puso Fran con un zurdazo a falta de 15 minutos para el final. Proeza y humillación al campeón reinante en el último partido de élite del EuroDepor.