sábado, 14 de abril de 2012

Matrioska



Cuando aún la primavera se encuentra en plenitud, y el fútbol del mundo, por tanto,  disfruta de las jornadas que definen campeonatos y trofeos, me encontré con una estadística que confirma sospechas: El Real Madrid es el equipo europeo que, en promedio, necesita menos pases para marcar un gol. En un equipo que ha marcado más de 100 goles a falta de más de un mes para que terminen las competiciones oficiales, el dato resulta terrorífico.

Para ciertos sectores de opinión, por el contrario, la estadística citada sólo es una prueba más que delata al Madrid como culpable del delito de ser un equipo de individualidades determinantes, que sobrevive por ‘pegada’ y, sobre todo, que tiene poco juego. La conclusión es acertada, siempre de acuerdo al dato estadístico, sin entrar a dirimir sobre lo que realmente pasa en el terreno de juego, si se atiende al concepto de juego del que parte ese sector de la opinión. Para ellos el juego tiene, primero, un objetivo estético y lúdico superior, y, segundo, para cumplir con lo primero, el juego debe entenderse como un circuito de pases que configura una superioridad intrínseca frente al rival y, que para lograrse, necesita atesorar calidad técnica individual, paciencia y voluntad de espera a que ese circuito de pases proporcione ocasiones de gol.

Aunque respetable, como toda opinión, siento que dicha concepción del juego puede, y de hecho lo hace, llevar a error en la reflexión de lo que pasa en el terreno de juego. Más allá de cuestionamientos morales sobre la finalidad del fútbol como espectáculo, a los que en este blog se tiene por bien no hacer caso, el fútbol es un deporte competitivo en el que los sujetos en juego tienen como objetivo básico ganar. Esta premisa es, ineludiblemente aceptada por aficionados, jugadores, entrenadores y directivos, y argumentar en su contra es realmente engorroso: ¿Qué argumentos se pueden dar para obviar esa finalidad resultadista de este deporte? ¿Bastan los argumentos morales que hablan del fútbol como un fenómeno que debe divertir? ¿Y cómo definimos que divierte y qué no a toda la masa de aficionados? ¿Si a una masa de aficionados les divierte perder quedan legitimados entrenador, jugadores y directivos para hacerlo, en contra del orden natural del mismo deporte?

Otra cosa, claro está, es el artificial debate que se creó en el mundo del fútbol durante muchos años y que parece que hoy, ante el advenimiento de la era de la información, el avance en el conocimiento mismo del fútbol y la comunicación e intercambio de ideas entre la población interesada y la población con conocimientos, parece superado o en vías de superarse ¿Jugar bien ó ganar? ¡Jugar bien para ganar! Respondemos todos hoy, al unísono, ante tal pregunta.

¿Y qué se debate hoy, entonces? Pues se debate qué es jugar bien. En el blog he esgrimido con anterioridad detalles que pueden guiar a la respuesta que considero tiene una mayor pretensión de corrección.

El objetivo es ganar y a partir de ello empezaré a avanzar en el argumento a modo de matrioska. El objetivo es ganar y, para ganar, tienes que marcar goles y evitar que te los hagan. Hasta aquí, el argumento se ha desarrollado bastante obvio y es en este punto dónde, creo, empieza a residir el error de base de la concepción de juego del sector de opinión que quiero refutar.


En escritos anteriores he hablado del fútbol como un fenómeno complejo, en el que interactúan demasiados sujetos y aspectos que hacen del fútbol un deporte con variables que tienden al infinito. En ese escenario los entrenadores tienen una participación de absoluta importancia pues deben dotar a sus futbolistas de herramientas para enfrentarse a ese fenómeno complejo. El fútbol se convierte en una batalla intelectual, con decisiones allá o acá, siendo los jugadores las piezas una partida de ajedrez mucho más emocionante, variable, difícil, despareja y todo adjetivo que se le pueda ocurrir a uno para diferenciar el torrente de sucesos conexos que acaecen en el terreno de juego.

La pregunta a continuación en esta matrioska conceptual es, sin duda, ¿Cuáles son esas herramientas? Y la respuesta conveniente, aunque con matices que pertenecen a otro tema, es que esas herramientas son instrucciones, guías, ayudas, órdenes que faciliten a los futbolistas, como equipo y como individualidades, a crear ventajas y/o superioridades que permitan a)Plantear problemas al contrario b)Solucionar los problemas que plantea el contrario c)Minimizar las soluciones del contrario a los problemas planteados; siendo estos problemas y soluciones enfocados en a)Maximizar virtudes propias b)Minimizar defectos propios c)Minimizar virtudes ajenas c)Maximizar defectos ajenos.

Entonces, ¿Cómo se consiguen esas ventajas y/o superioridades? El fútbol como deporte plural y complejo, ofrece una multitud inquietante de respuestas, pues, si uno quiere entender el fútbol como un circuito de pases que configura una superioridad intrínseca frente al rival, resulta complicado entender, entonces, que se puedan crear superioridades y ventajas desde el movimiento sin pelota, que no significa que no se tome como referencia al balón, al espacio y al tiempo, en transición y fase defensiva, obligando a quien tiene el balón a tomar decisiones determinadas que como logren, como consecuencia, alguna de las opciones del párrafo anterior. La ventaja/superioridad es, en si misma, un escenario posicional-temporal que, junto a cualidades/defectos propias y del rival, acercan el gol propio y alejan el gol rival, y los métodos para lograrlas son tan plurales como el fútbol mismo hasta el punto que se puede establecer como regla general que es válida cualquier conducta, dentro de las reglas del juego, que permita llegar a ellas.

Aceptadas estas premisas ¿Es posible darle a una u otra forma de conseguirlas una superioridad intrínseca y meramente futbolística sobre otra?  La respuesta tiene dos caras. En primer lugar, hay que aceptar que, bajo ciertas condiciones, la administración del balón, el espacio y el tiempo desde la posesión de la pelota, la ocupación de espacios adecuadamente y una certera toma de decisiones en el tempo de cada movimiento colectivo e individual, tiene como resultado un dominio del juego tan alto que puede llegar a considerarse que es intrínsicamente superior a cualquier otra forma de juego que se desarrolle sobre la misma base (Balón, espacio y tiempo), pero con patrones de conducta distintos. Sin embargo, las condiciones necesarias para que se de dicha superioridad intrínseca han sido otorgadas a una minoría de futbolistas/equipos elegidos que nos lleva a descartar la adopción de esa forma de juego como regla general para este deporte, pues, en condiciones normales, incluso en la elite, no hay una forma de juego que, intrínsicamente, haya demostrado ser superior futbolísticamente a otra y, a partir de cada una de ellas se han conseguido maravillosos réditos que, desandando el argumento, podemos entenderlos como la creación de superioridades/ventajas en una jugada determinada; creación de superioridades/ventajas de forma continua que se traduzcan en el dominio de un partido; la anotación de goles y el poder evitarlos en una jugada, un partido y en general; y ganar partidos y campeonatos.

Es lo que vemos domingo a domingo. Equipos que quieren ganar siguiendo esa matrioska de conceptos de juego. 

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