martes, 28 de agosto de 2012

El pequeño Ronaldo


Tampoco hay que engañarnos. Ronaldo, el fenómeno, es único. Era un elegido del fútbol, sin más. Muriel no es eso, ni lo será nunca porque le hace falta talento, le hace técnica y le hace falta la anatomía ultrahumana del brasileño; Sin embargo, no hay jugador al que se le parezca más, ni delantero actual que más parecido sea a Ronaldo.

Muriel es el pequeño Ronaldo cuando cae a banda, recibe de cara y mide el regate dando pequeños pasos sobre el mismo lugar, como felino esperando el momento justo para atacar a su presa. Lo es cuando se desmarca en una ruptura de aspavientos y gritos ahogados, de todo o nada, de gol o error. También lo es cuando se frena y gira, cuando desacelera para cambiar de dirección y dejar defensas tirados, como en aquel gol a Francia, o cuando hace bicicletas y elásticas ya sea en velocidad o en estático. Su lenguaje corporal recuerda al que seguro es su ídolo, pues el delantero del Udinese hace parte de esa generación que vivió a Ronaldo desde la ingenuidad de la infancia, y su fisionomía también. Se parece a Ronaldo hasta cuando sonríe, aunque no tiene el carisma de el mejor '9' de la historia.

'Ronaldito' tiene gol. Tiene esa magia en el área, dónde se transforma y se convierte en un ser imaginativo, genial y certero, que distingue desde la distancia al brasileño. Luis Fernando aún no tiene la constancia del crack, vive de la inspiración, aunque cada día suma más matices a su fútbol. Tiene 21 años solamente, una bendición: El mundo del fútbol necesita a Ronaldo, aunque sea en imitaciones.


sábado, 25 de agosto de 2012

La escuela de la tortuga



Si se hiciera una encuesta entre todos los varones de la generación Y, compuesta por todos aquellos nacidos entre 1982 y 1995,  preguntando por los programas de televisión que marcaron su infancia, una gran mayoría incluiría a Dragon Ball, y sus derivados, en el top de la lista. La serie narraba las aventuras de Gokú, un niño con poderes sobrehumanos, amante de las artes marciales y que acompañado por sus inseparables amigos exploraba el mundo buscando artilugios mágicos llamados “Dragon Balls”. Dentro de su travesía, Gokú encontraría multitud de enemigos que, o bien querían las Dragon Balls para fines malvados, o buscaban la dominación del mundo, la galaxia o el universo. Para hacer frente a todos esos desafíos Gokú debía entrenarse constantemente con los más grandes maestros de artes marciales del universo, y su primer maestro fue Muten Roshi, de la escuela de la tortuga.

Hoy, en una realidad distinta a la del mundo de Dragon Ball y sus tortugas y dragones parlantes, existe una nueva escuela de la tortuga. Lejos de ser un estilo de artes marciales, la escuela de la tortuga de la que hablo es un equipo de fútbol, que juega en la Liga BBVA y esta semana debutó en Europa buscando un lugar en los grupos de la prestigiosa Champions League. El Málaga FC, ya sin el liderazgo institucional de un rey midas, sino de un jeque cuerdo y de bolsillo corto, y sólo movido por la batuta futbolística de Manuel Pellegrini y sus futbolistas, vive momentos críticos mientras lucha por no morir institucional y de seguir creciendo deportivamente con un equipo imperfecto, en el que niños tienen que suplir los lugares que hombres dejaron, ya sea porque se fueron o porque nunca llegaron.



En ese contexto asoma la figura imperial Jérémy Toulalan, el mediocentro con caparazón. El francés, que es el mejor jugador del Málaga, recuerda con su carismático lenguaje corporal, a juego con sus ya famosas canas, al Maestro de Gokú que siempre andaba con un caparazón en la espalda. Toulalan, a diferencia del mítico centrojás de andar erguido, juega encorvado, casi dando el aspecto de estar cansado desde el minuto 1.  A pesar de ello, Jérémy, caparazón invisible en la espalda, vuela para cubrir los huecos que los niños del Málaga, y el adulto cansado con alma de duende y corazón de niño, dejan. Como una barrera infranqueable, que está en todos lados y contra la que todos chocan, Toulalan recupera balones en el centro del campo, finiquita ataques rivales, a veces con sólo posicionarse y mirar, y le da empaque y seriedad a un equipo que juega bien, es vistoso, pero no asusta a contrarios en su área, sino que asusta a aficionados en la propia, Willy Caballero aparte.

Desde luego, Jérémy no es sólo el gran argumento defensivo de su equipo, sino que es uno más dentro del barroco juego que propone Pellegrini, en el que quién tiene la pelota piensa mientras se mueve “lento”, y todos los demás se mueven muy rápido. El exLyon agarra la pelota y decide con ella, es hombre activo de la circulación sinfín de los blanquiazules y es, sobre todo, la figura que los junta a todos.



El Málaga de la escuela de la tortuga ha ganado en los dos partidos que ha jugado hasta la fecha. Los niños Francisco Román, Francisco, Diego, Fabrice, Juan Miguel, Ignacio y Joaquín juegan y viven felices con sus espaldas cubiertas, sabiendo que Toulalan siempre estará allí. Los problemas de gol y profundidad, causados por no tener un 9 de verdad, los van a alejar de objetivos superiores. Pero ahí están. Juegan.

jueves, 5 de julio de 2012

España soberbia


Los odio porque se han robado lo que más quiero. Han secuestrado el fútbol, le han quitado azar y han terminado desafiando todo lo escrito en los últimos 100 años sobre este deporte. Da igual que en la final hayan practicado mucho mejor fútbol de lo que han hecho en los últimos cuatro años. Da igual que jugaran partidos terribles durantes años, llevando lo ilógico y antinatural al extremo, porque ganaban siempre. Odio el fútbol de la España de Del Bosque, que no de la de Aragonés, porque convierte en falsa la máxima que hace de este deporte bello, justo y poético. Aunque suene irónico decirlo después de su mejor partido, la España de Vicente nos lleva cuatro años diciendo que al fútbol no gana el que mejor juegue.

La soberbia es una virtud elevada, contrario a lo que se piensa hoy día. El ser soberbio es un convencido de sus virtudes, conoce sus defectos y es lo suficientemente inteligente para aceptar ambos y sacar provecho de los primeros, y esconder los segundos. España es un equipo soberbio, que no de juego soberbio, el cual sólo se vio en pocas oportunidades en la era Del Bosque, lo cual no es malo. Si la soberbia es virtud elevada del ser humano, también lo es, por consiguiente, para los jugadores y los equipos de fútbol. Todos los grandes equipos de la historia han sido soberbios, todos los grandes jugadores lo son y lo han sido. Para ser el mejor es necesario. España llevó el concepto más allá y, desde mi punto de vista, subjetivo y profundamente idealista, rompió los límites que la esfera fútbol había puesto como especie de “check and balance”  auto-regulador que controlaba sus vicios y potenciaba sus colosales virtudes.

Si bien es cierto que la Euro 2012 enfrentó en la final a, seguramente, los dos mejores equipos del torneo, y visto así, el triunfo de España no es nada transgresor de esa burbuja autoreguladora, el tema en realidad va mucho más allá. Así España hubiese jugador un partido calcado a su francamente mala actuación ante Croacia, hubieran ganado. Lo hubieran hecho, incluso, aunque Pirlo y Cassano hubieran rejuvenecido a 2004 o 2005. Es la misma historia de siempre. Desde el pitido final en 2008, España es soberbia, y, gracias a lo hecho por Pep Guardiola, Florentino Pérez y José Mourinho, sus jugadores han llegado a convertir esa virtud en una tiranía. Todos caen subyugados ante España más allá de que juegue mal, bien o brillantemente porque en la mente de los españoles está, reconocido como un hecho inapelable, que son no sólo mejores, sino superiores, y en la mente de los rivales esa superioridad también es notoria. Desde 2008 a 2012, España, o alguno de sus clubes, han ganado prácticamente todo. Su bloque fuerte está conformado por jugadores del mejor equipo de la historia, y de jugadores que han tenido la misión de luchar contra los mejores… Y han ganado algunas veces. Son super soldados acostumbrados a un grado de competitividad sin parangón, al menos en la historia de este deporte, desconozco en los otros, aunque me costaría creer que hay símil.

Analizar futbolísticamente a España es innecesario, improcedente y absurdo. Durantes años jugaron un fútbol de problemas endémicos que harían sonrojar a cualquier entrenador… Pero ganaron. Hoy ya ni siquiera está la excusa de la posesión interminable como método todopoderoso que los hacía invencibles. A Italia la humillaron sin ella. España no se entiende desde el fútbol porque los de Del Bosque han llevado este deporte a otra esfera, mucho más humana, es decir, a una esfera llena de miedo, duda, inseguridad y falta de convicción. En España esos conceptos son ajenos, extraños, inexistentes. Están por fuera y por encima de ello. Mientras los demás equipos se convierten en fieles copias de Clark Kent, España es Superman y ahí no hay color.

El fútbol nouscentrico, aquel que basa su poder en la mente humana y el control y desarrollo de las emociones, en lugar de aparatos futbolísticos convencionales pertenecientes al mundo ideal, esa esfera autoreguladora, ya existía. España ha hecho de él una tiranía legendaria, entre otras cosas, porque con este equipo pasa que, aunque vestidos de rojo no lo demuestren muchas veces, aquello que en sus mentes se dibuja es cierto: Son los mejores.

viernes, 27 de abril de 2012

Una historia de Guardiola y Pep


Lo mío con Guardiola ha sido extraño.



De niño le veía jugar por la TV, y estaba más familiarizado con los nombres que escuchaba por que los había oído o visto en el mundial, o bien, en algún videojuego, que por lo que en realidad hacían día a día en sus clubes. Eran los años en que empezaba de verdad a ver fútbol de forma sacramental. Me interesaba, sobre todo, la liga argentina. No tenía muchos años y ya había decidido que me gustaba River, me gustaba Aimar, me gustaba Saviola y no odiaba a Boca porque me sentía hipnotizado por uno de sus jugadores… Y porque en su equipo había tres colombianos. Era aún muy pequeño, y el fútbol europeo lo conocería después.

Con Guardiola volvería encontrarme en mi adolescencia. Era un yonki del fútbol, sabía el nombre de una cantidad de jugadores, equipos, entrenadores y hasta árbitros inimaginable y veía un montón de partidos de todos lados y épocas. Guardiola llegó a México tras un retiro espiritual en Qatar. Su llegada causó conmoción, cómo no, y, aunque sólo lo vi un par de veces, tampoco jugó mucho, quedé prendado para siempre. Fue como si la adoración ya existiera, pero estuviese esperando algún acontecimiento para despertar.


Descubrir que adoraba a Pep Guardiola fue un acontecimiento que cambió mi vida y no exagero. Amo el fútbol con locura y es la pasión de mi vida. Sueño, vivo, siento y pienso en fútbol  demasiadas horas todos los días. Esta noche misma, cuando aún no se sabía nada a ciencia cierta, soñé que jugaba al fútbol con la Reina de Inglaterra, y que era entrenador y enganche del equipo. Un sueño promedio nada más. Para alguien así, encontrar, en mi aventura tras el fútbol de Pep Guardiola, al que hoy es mi equipo favorito de todos los tiempos, y mi entrenador favorito de la historia, no es una nimiedad. Desandando sus pasos encontré al Dream Team, encontré a Cruyff, encontré al Ajax de van Gaal, y a la generación holandesa que había marcado mi afición por el fútbol en mundial y Eurocopa. Y no se detuvo ahí. Multitud de equipos que no disfruté en vida, pero que siento míos gracias a Guardiola,  formas de jugar, y de sentir, que hoy hago mías por adopción. No había ocurrido nada y Guardiola ya me había dado tanto.

Y también lo leía. Leía sus columnas en dónde fuese que las publicaran, leía las cosas que se habían escrito sobre él, Valdano y Trueba en la cabecera, y leía las que él había escrito sobre los demás; leía lo que decía en cualquier entrevista; leía lo que decían otros en entrevistas. Y volvía una y otra vez a los partidos que tenía de él, y de Cruyff, de Koeman, de Laudrup y Romário;  y de van Gaal, de Kluivert, Rivaldo, Figo y Frank de Boer.

Amó el fútbol y descubrir a Guardiola redefinió mi forma de entenderlo, de verlo, de amarlo, de pensarlo, de sentirlo, de vivirlo y de soñarlo. A través de él los encontré a todos, de una forma u otra, los que han moldeado el fútbol en mi cabeza y corazón. Eso, para mí, fue su paradigma, mi paradigma Guardiola particular.

Y un día, el Barcelona de Rijkaard se terminó de terminar, y Guardiola llegó y, sin titubeos, dijo adiós a Ronaldinho, Deco y Eto’o. Era el inicio de algo nuevo, algo distinto y algo que, dados los precedentes, me iba a enamorar. Para mi iba a ser como tomar el DeLorean del Dr. Brown y volver al pasado sin pisar el acelerador porque, lo que pasaba en realidad, es que ellos eran los que aceleraban y volvían al futuro para encantarme a mi y a tantos otros. Gallina de piel, dientes largos e ilusión de niño.


Ese verano de 2008, recuerdo leer, como leía desde un tiempo atrás, a quién hoy considero amigo gracias al fútbol (¿Gracias a Guardiola?), un artículo llamado “Guardiola sí, pero con matices”, en los que él, haciendo uso de toda la literatura que rodeaba la figura del imborrable “4”, describía lo que, seguramente, iba a ser el Barça de Guardiola a nivel conceptual. En ese artículo Matías Manna, el del blog que me sirvió para enterarme de todo, declaró que Abel lo había plagiado. Obviamente no fue así porque lo que Abel escribió ese día lo sabíamos todos, lo esperábamos todos. Que Manna también haya pensado y escrito lo mismo sólo era señal de unanimidad sobre lo que nos esperaba, que iba a ser grande, mágico y especial. Ninguno se imaginó que iba a ser tan grande, tan mágico y especial.

Pasaron cuatro años, un ciclo de vida institucional en fútbol, y demasiadas cosas acontecieron, quizás vimos al mejor equipo que alcancemos a ver en nuestra vida, y espero que aún me queden muchos años, vimos ascender al quizá mejor jugador de la historia de este deporte, vimos finales, duelos históricos, partidos de leyenda, jugadas bellísimas repetirse una tras otra en nuestra retina… Vivimos fútbol, muchísimo, del grande, del emocionante, del legendario y yo… ¡No me enamoré!




Sí, no me enamoré de lo que sucedió en estas cuatro temporadas que no olvidaré nunca. No me enamoré de algo que había empezado a amar antes de que empezara. No me enamoré de los viajeros del DeLorean porque nunca viajaron. Ni volver al pasado, ni volver al futuro. Pep fue otra cosa. Fue algo único y que no se volverá a repetir, fue vibrante y fue el mejor; sin embargo, personalmente, yo aún lo espero, porque sé que es demasiado bueno y genio para que no me enamore nunca de sus equipos.

Las razones de la tragedia, o tragicomedia, que resultó ser la era Pep en Barcelona, en la esfera absolutamente personal, son varias y ninguna en especial. Esperaba muchas cosas y Pep fue alguien distinto. Me dirán que ahí estaba todo: El juego de posición, la salida desde atrás, los triángulos, la defensa con el balón, los pases hacía atrás, la presión, el ‘9’ que juega de espaldas y junta al equipo, etc, e incluso el 3-4-3 y los extremos estuvieron. Pero algo era diferente.

He encontrado entre mis largas reflexiones y charlas con amigos, que quizá fue el pragmatismo. Ver a Pep rendirse una y otra vez ante la realidad de las cosas, tomar decisiones prácticas y efectivas que incluso cambiaban lo planeado, lo ideal que Pep tenía en su cabeza y que, seguramente, nunca vimos por muchísimos motivos, fue el gran vacío. Quizá fue que ganaran tantas cosas.

No lo sé y no quiero mentir. Puede que yo quisiera muchas cosas, pero eso no era lo importante. Es innegable que me divertí, que disfruté, que me quedé encantado muchas veces y que hubo demasiados partidos en los que salí sonriendo, con esa sensación de paz  y tranquilidad que da la felicidad pura. La última vez aquel día contra el Atlético.

Ahora que acabó,  y que todo empieza de nuevo, hay mucha ilusión (¡Que magnífico sentimiento es la ilusión!) y ganas por ver que hará en otro lugar – Porque seguirá entrenando, ama demasiado el fútbol y la vocación como para dejar de hacerlo - , pero, sobre todas las cosas, hay agradecimiento por lo vivido. Por Messi, por Xavi, por Iniesta, por Piqué, por Valdés, por Alves, por Busquets, por Pedro, por Henry, por Cesc, por Cuenca, por Tello, por Keita, por Abidal, por Puyol, Por Márquez, por Mascherano, incluso por Ibra, por Bojan o Chygrinski. Por lo que quiso hacer y no hizo, por lo que quiso hacer e hizo, por lo que no quiso hacer e hizo. Por Roma, por Wembley, por los clásicos, por el 2-2 ante el Arsenal, por la goleada al Bayern, por Noviembre, Diciembre y Enero. Por todo eso y más… ¡Gracias Pep!

Te esperamos. Te espero.